domingo 30 de enero de 2011

El crimen de la pulpería.


1.
Algunos dicen que la palabra viene de pulque y otros de pulpo. También a pulpo les dan un montón de significados: que las primeras pulperías fueron atendidas por gallegos que vendían pulpo cocido, que allí se comía pulpa de maíz, que quien despachaba debía moverse como un pulpo para poder atender a todos los paisanos. Las primeras pulperías datan del siglo XVII y Garcilaso de la Vega las define como los más pobres almacenes. Son las casas de abasto y recreación: los alimentos indispensables: sal, cebollas, bolsas de legumbres;  y los vicios: cajones de tabaco, yerba, botellas de aguardiente, de caña paraguaya -a los paisanos no les gustaba el vino-. Oficiaban de club social: se jugaba a las tabas, había riñas de gallo a primera sangre, los naipes, y siempre algún gaucho se armaba con la guitarra y cantaba o payaba a cuenta de los otros. Según Emeric Essex Vidal, marino inglés y pintor aficionado: “Estos músicos nunca cantan más que yaravís, canciones peruanas que son las más monótonas y tristes del mundo. La música es lamentosa y la letra versa siempre sobre el amor frustrado y los amantes que lloran sus penas en el desierto: pero nunca tratan de asuntos agradables, animados o aun indiferentes.” El folklore patrio es triste. Andando la noche, el gaucho sacaba el facón –que según los cronistas, es lo que siempre lleva más a mano- o el cuchillo y peleaban casi por cualquier cosa, o por las cosas que desde que el mundo es mundo, los hombres disputan: por política o por una china.
A lo largo de la historia, las pulperías fueron legisladas: no podían expender alcohol a indios y negros, o bien, no se podía entrar armado al despacho de bebidas. Eran chozas bajas, con algunas mesas, y el mostrador estaba enrejado, protegiendo al pulpero de los posibles manotones de los habitúes para robarle. En unos agujeros del techo, el pulpero colocaba la escopeta, que dicen tenía para defenderse de los indios. Casas de abasto, fonda, posta de caballos, posada algunas veces, y moridero de algún unitario a quien emboscaban.
El despensero era, según los cronistas, socarrón y  trapacero, como el Sardetti que enreda a Juan Moreira. Pero también los había de ley, y hasta mujeres, como la bella pulpera de Santa Lucía –nombre real: Ramona Bustos, de Barracas-, la de los ojos celestes que se fue con un payador de Lavalle y plantó a los gauchos mazorqueros sin decir ni hasta la vista. Mucho de la historia argentina y por ende, de la literatura, pasa por las pulperías. El bandido Bairoletto dejó su huella en la Pulpería de Chacharramendi, en La Pampa; Don Segundo Sombra en La Blanqueada de San Antonio de Areco; en El Pasatiempo, del barrio de Caballito, payaron Gabino Ezeiza y Bettinoti, y en El Torito, de Baradero, Camila O’Gorman y su cura hicieron posta cuando los llevaban a Santos Lugares, en 1848, donde serían fusilados, por sacrílegos y por el crimen de amarse. En suma, las pulperías están tintas en sangre. Pero de todo esto hace mucho, mucho tiempo…

2.
Ahora se venden allí las delicatessen patrias. Época de Quesos, en Tandil, era en 1850 la Posta del Centro, en el Fuerte Independencia. Las carretas se abastecían del largo viaje. Un largo mostrador –ya sin reja enjazminada detrás- ofrece todo tipo de quesos y fiambres y la cerveza propia del lugar, la Quarryman, con cierto sabor a ceniza. La empleada, con una eficiente frialdad (si hubiera atendido sido así la pulpera de Santa Lucía, no le habrían dedicado, ni un mísero pareado) ofrece a la que suscribe esta crónica, comprar uno de sus manjares y aclara que puede pagar con tarjeta de crédito. (La que suscribe recuerda su sorpresa cuando en la Abadía Benedictina de Victoria, los monjes supuestamente enclaustrados, pero hacendosos para la gastronomía, ofrecían sus productos a pagar con American Express). Fabrican además licores caseros de sabor variado, y el dulce de leche Teresa Inza, nombre de la dueña actual de la pulpería. Hay gente hablando en otro idioma allí dentro y no es el ranquel ni mucho menos: es inglés, alemán, francés. “Aquí hay mucho turismo”, explica la émula de la célebre pulpera de Barracas. Las pulperías fascinan a los extranjeros como los mojones de historia americana que son. Uno de ellos, Pietro Sorba, periodista gastrónomico italiano, acaba de publicar su libro Pulperías de Buenos Aires, donde hace un sibarita racconto de los establecimientos más destacados.  
Época de quesos, tiene un sótano que hacía las veces de despensa: cuelgan a secarse los chorizos verdaderos y un jamón de cartón. Quién sabe por qué, alguien amontonó en un cochecito muñecas viejas y rotas, mirando la pulpería con sus ojos tuertos de almas en desgracia. Hay telarañas, hay el olor a rancio de la carne, hay penumbra: el queso, como el Hombre de la Máscara de Hierro, necesita de la soledad de la sombra para desarrollarse. En el patio de tierra, las plantas crecen como insultos. El paisano puede sentarse en una de las mesas y abrevar allí su sed; pero ese día llueve torrencialmente, a pesar de que, dicen todos, antes no llovía así en Tandil. Si hubiera indios estarían guarecidos en sus tolderías, pero tampoco hay indios, ni tolderías, ni toldado en la pulpería y por ende, la que suscribe compra un frasco de chutney, un combinado de especias de la India, y se marcha. No recuerda haber saludado, cuando sale del local y más tarde, se maldice por esto: hace un siglo, este olvido le hubiera costado la vida. Charles Darwin, que visitó una pulpería en Uruguay cuando hizo el viaje al Beagle, dice que así como los gauchos son en extremo corteses y con un gracioso saludo te invitan a que los acompañes con un trago, también se hallan dispuestos a acuchillarte apenas se le presente la ocasión.

3.
La señorita de alta cuna que el 12 de diciembre de 1847 se fugó con un curita de la Iglesia del Socorro, se llamaba Camila O’Gorman. Lectora de novelas, probablemente tenía el mal de la fantasía literaria: a su pesar, se convirtió en la Julieta argentina. Tenía 20 años, y era alta, uno de sus dientes delanteros estaba empezando a picarse, y sus ojos eran oscuros “de agradable mirar”, según la ficha policial; cuando fue fusilada llevaba un embarazo de ocho meses. Su amante era Ladislao Gutiérrez, tucumano, de 24 años. En el clima de violencia y terror del rosismo, los amantes partieron de Buenos Aires rumbo a lo desconocido. Se afincaron en Goya, Corrientes, donde –por paradójico que suene- fundaron la primera escuela del lugar. Dice Enrique Molina en su magnífica novela sobre Camila: “el amor engendra gestos de amor”. Fueron delatados por otro sacerdote, puestos a consideración de la justicia y remitidos a Buenos Aires. El padre Gutiérrez viajó con los pies engrillados “por haberse robado una mujer”. Hicieron postas en Rosario y después en San Nicolás, donde les tomaron declaración. Camila manifestó que consideraba sagrada su unión con su amante, “estando uno y otro satisfechos a los ojos de la providencia” y teniendo su conciencia tranquila. De allí debían ser remitidos a Buenos Aires, adonde nunca llegaron y adonde su destino hubiera sido otro. Sin embargo, hubo una contraorden nunca del todo explicada y fueron enviados a Santos Lugares. Los reos llegan el 14 o el 15 de agosto –la fecha es incierta- y el 17, Rosas decreta el fusilamiento, hecho del que nunca se arrepintió. En una tiranía no puede permítirsele a las cosas convertirse en personas, y las cosas no deben amar.  
Pero en un momento, entre la salida de San Nicolás y la llegada a Santos Lugares, Camila O’Gorman y el padre Gutiérrez, prisioneros, se detuvieron a hacer posta en una pulpería, en Baradero. Enrique Molina escribe que los porteadores lloraban por tal encargo, como más tarde lloraría el centinela que cuidaba la celda de Camila, o como lo haría el soldado de la segunda fila, que arrojó su fusil y huyó a toda carrera de la formación, antes que disparar sobre ella –después se dijo que se había vuelto loco, lo que a la vista de tales circunstancias fue, en realidad, volverse cuerdo.
Hasta el final, Camila fue bien tratada en consideración a su cuna, incluso cuando se la engrilló para ir al cadalso, se forraron los hierros con tiernos orillos. Probablemente haya descendido de la volanta, le hayan dado bebida y de comer, carne seca, y quizá algún queso o una galleta marina… Quizá, algún gaucho, que la hubiera visto en esta pulpería junto a su amor, su último traslado, improvisó los versos que llegaron hasta nuestros días como un cantar anónimo: “Pobrecita… hacete cargo/ Qué angustias no pasaría/ En tan larga travesía/ Y en un trance tan amargo/ Viendo que la conducían/ Enteramente preñada/ Y que iba a ser despreciada/ De los que la conocían…”  Pietro Sorba reflexiona sobre el caso: “El otro día mientras estaba llegando a la pulpería El Torito, ubicada a un puñado de kilómetros de Baradero pensaba en el esfuerzo de su dueño actual, el señor René Arditi Rocha, para mantenerla en perfecto estado. Me preguntaba qué sentido tiene hacerlo. Es una pregunta superficial. Los motivos abundan. Desde su nacimiento en el año 1880, en El Torito pasaron muchas cosas. Seguramente muchos de los próceres de nuestra historia pasaron y pararon en este lugar. Imposible que así no fuera ya que El Torito se encuentra en la vera del Camino Real. Y pensando en esos tiempos no puedo no recordar la historia de Camila O´Gorman y del cura Ladislao Gutierrez que durante su huida hacia la posibilidad de vivir en libertad su amor prohibido, hicieron una parada dentro de las paredes de esta pulpería. Casi escucho los latidos de sus corazones que entremezclan el miedo y la pasión. Me los imagino atando sus caballos al palenque y pidiendo refugio al pulpero de la época. Me los imagino comiendo  algo. Me los imagino uno al lado del otro debajo del techo de este boliche. Me los imagino sonrientes soñando la libertad.”

4
En las épocas en que amar es un delito, suelen suceder crímenes innobles. Las pulperías, son grandes testigos. El eros, el pegamento universal, lo trastorna todo y la sociedad rara vez tolera las perturbaciones al orden. Para la cronista, el primer contacto con la historia de Camila O’Gorman y las pulperías, fue a los catorce años, con la película de María Luisa Bemberg. Había ido al cine con su tía, una cuarentona que había sobrevivido a un divorcio devastador y se consideraba a sí misma más que una mujer fatal, una mujer que había sufrido la fatalidad y que nunca pasó por una pulpería ni un menester gauchesco.“Una pasión cambia tu vida para siempre”, dijo en aquella ocasión, y agregó: “y desde que el mundo es mundo, los hombres se calientan y se enamoran, y las mujeres se calientan y se enamoran y les abren las piernas”. Camila O Gorman y el padre Gutiérrez, en el celuloide, hacían el amor arriba de una mesa grande, basta, como la de la pulpería tandilense. La cronista concluye: a veces, para estar vivo, hay que trastornar las leyes: hay que hacer el amor arriba de las mesas. Y la cronista escucho por ahí, que las de las pulperías son las mejores.  


Publicado en la Revista Ñ, diario Clarín. Ene '11.

MUJERES A CALZON QUITADO


Marge Simpson se queja de la falta de sexo. Esto ocurrió en 1994, en la sexta temporada de la era Simpson. ¿Qué se le ocurre primero a Marge para salvar la pareja? Comprar un libro que dé consejos para incrementar el erotismo. Consigue un audiolibro que se llama algo como “El matrimonio americano” que les recomienda, por ejemplo, visitar posadas campestres. Aunque no funciona, el matrimonio lo salva el abuelo con su tónico afrodisíaco. Sin embargo, la Marge argentina no cree que pueda resolver el asuntillo con tanta facilidad. Para empezar, hace poco más de cincuenta años que tiene el voto y recién ahora comenzó a concientizar que el acoso sexual no es una galantería del jefe un día que estaba un poquito alegre, sino un delito. Y encima, a ella, que apenas puede consigo misma, le cambiaron la consigna: ya no se trata de incrementar el deseo en la pareja, sino reivindicar su derecho al placer sexual. Ya no se trata de leer antiguas memorias picantes de princesas rusas y cantantes vienesas para ver qué otro truquito se puede aprender en el desempeño amoroso, ni clavarse las 500 páginas autobiográficas de Jenna Jameson en Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno, donde por lo que cuenta, muy bien no lo pasaba. Ni abismarse en la lectura de Las aventuras íntimas de Belle de Jour, Diario de una call girl londinense, publicado en el 2006, y que cuenta sus peripecias en el oficio (que van desde si una debe o no llamar por celular al cliente desde el lobby del hotel a qué óvulos usar contra la vaginitis) con un aire naif que se parece más bien al de una quinceañera cantando desafinada Dancing Queen, como si fuera el último éxito de ABBA, que a una trabajadora sexual. 
Tal vez una figura señera en renovar la materia durante el último lustro, sea la sexóloga Alessandra Rampolla. Fuera desde sus consejos en Cosmopolitan TV o en alguno de sus dos libros (SEXO… ¿y ahora qué hago?, La diosa erótica publicados en 2006 y 2008 respectivamente), Rampolla apoyó una nueva actitud de las mujeres: tomar el toro del disfrute sexual por los cuernos. En otras palabras, adueñarse del propio cuerpo y sacarlo de los cánones patriarcales que rigen desde milenios. A la Marge argentina este pensamiento le cuesta. La sexóloga considera ‘ricas’ muchas prácticas que para la abuelita siracusana de Marge eran un imposible más extraño que ver al hombre pisar la luna. Pero tampoco es que la abuelita fuera una negada, sino que la falta de información sirvió a los fines de mantener a las mujeres en un estado de idiotez y disponibilidad sexual simultáneo.   
En el último tiempo, dos nuevos libros vinieron a subrayar esta actitud nueva de las mujeres. La Marge argentina lee estos libros como un personaje de un cuento de Lorrie Moore, donde una babysitter espía la biblioteca de la familia y concluye: “Lees todos los manuales sobre sexo que encuentras en la casa, y te preguntas cómo alguien de este planeta pudo haber hecho esas cosas con una persona a la que realmente amaba”.  
En Sexo a diario de Amanda Jot, seudónimo de una periodista argentina, describe nuevas modalidades de encuentros sexuales. Antes Marge hacía un curso de gimnasia modeladora. Ahora puede tomar un curso de baile en el caño que es muy bueno para la elasticidad. Antes, ella se hallaba con la dificultad de nombrar ciertas prácticas por la brutalidad de las palabras. Solución: el breve glosario de Jot donde puede mencionar delicias del lenguaje como cougar (señoras de las cuatro décadas o más que mantienen relaciones sexuales con un hombres muy jóvenes) o blow job (ajetreo sexual que aparece con una denominación un poco más fuerte en las páginas de clasificados). Hallar modos de nombrar no es una tontería: Marge siente escalofríos cuando recuerda cómo hablan los tacheros en la fonda o cómo hablaba la abuelita del comercio sexual, con esa mezcla de repugnancia e insatisfacción (que era lo más normal que podía producir el sexo en un ser humano al que se había reprimido todo tipo de expresión sexual desde sus orígenes). ¿Antes la Marge argentina solía creer que la masturbación femenina era poco menos que criminal? Muy bien: ahora puede acudir a reuniones de tuppersex, donde le venderán los más diversos adminículos para que ejerza lo que solía llamarse el vicio solitario, a su aire. Estas reuniones son exclusivamente de mujeres y toman su nombre de las antiguas reuniones de Tupperware, en la que se vendían los recipientes herméticos para guardar comida. Se terminó, piensa Marge, eso de juntarnos para comprar ollas, bols de ensalada, cosméticos y hablar de cómo complacer a un hombre. La cuestión ya no está en cómo volver loco a tu hombre en la cama, sino cómo no volverte loca por pura insatisfacción sexual. Aunque, como dice Amanda Jot, la mayoría de las personas tengan sexo vainilla, caricias y ternuras, un poco de pasión y nada de aquello del hardcore con que se ratonean los hombres en el porno.
A propósito de la cuestión, la Marge argentina lee Porno para mujeres, una guía femenina del cine porno. Para ella, el porno era cosa de hombres. Y para su sorpresa no se encuentra sólo con un libro de excelente factura, sino con un libro inteligente escrito por Erika Lust, una sueca treinteañera que desde el 2004 produce películas porno, y se explaya en estas páginas sobre los mitos y prejuicios que mueven nuestra cultura. La Marge argentina jamás vio una película porno de principio a fin, ni siquiera una sola escena. A lo cual, la autora del libro responde: “ese rechazo no es objetivo, es fruto de una tradición”. A las mujeres se les enseñó que no somos tan visuales como los hombres, lo cual es otro clisé más; Lust escribe: “Es un mito FALSO. Hablando con los directivos de Hustler en Los Ángeles, hace un tiempo, me confesaron que el 50% de las ventas que hacen en su megatienda es para público femenino” y concluye: “queremos ver sexo explícito, pero queremos decir cómo está hecho”. Lust defiende a ultranza hacer cine pornográfico feminista, concepto que hace a nuestra Marge argentina caerse de espaldas. ¿Qué es eso? ¿De qué se trata? Erika Lust explica que las minorías homosexuales tienen su cine porno, mientras se supone que las mujeres heterosexuales están representadas en el cine heterosexual masculino. Un cine en el cual, por citar los ejemplos menos subido de tono, las mujeres se van a la cama con zapatos de diez centímetros de taco y donde todas gritan como locas en el acto sexual. De aquí que Erika Lust escribe: “Si las mujeres no participamos en el discurso de la pornografía como creadoras, el porno sólo va a expresar lo que piensan los hombres sobre el sexo. Debemos participar para explicar cómo somos, cómo es nuestra sexualidad y cómo vivimos la experiencia del sexo.” En un cine porno feminista, declara Lust y alza su pancarta, “queremos que el cine nos muestre mujeres reales y nos hable de su sexualidad, y no queremos que nos retraten como objetos pasivos o víctimas, sino como sujetos activos, dando placer y recibiéndolo. Queremos ver a otras mujeres disfrutando”. Mirarse una película porno con el juguete erótico preferido al lado, no era una actividad imaginable para la abuelita siracusana, pero tal vez esta revolución llegue a serla para la Marge argentina. O como cantaba la legendaria Raffaella Carrá en un remixado: “Para hacer bien el amor hay que venir al sur./ Lo importante es que lo hagas con quien quieras tú”.  ¿Y por qué no?

domingo 10 de octubre de 2010

Todos somos censores - Perry Nodelman


Artículo publicado originalmente en la revista CCL, Canadian Children’s Literature Nº 68 (1992), traducido por Paula Cadenas e incluido en la antología Un encuentro con la crítica y los libros para niños, seleccionada y editada por Brenda Bellorín y María Fernanda Paz Castillo (Caracas, Banco del Libro, 2001. Colección Parapara Clave).
Imaginaria agradece a María Beatriz Medina —Directora Ejecutiva del Banco del Libro de Venezuela— la autorización y las facilidades proporcionadas para la reproducción de este artículo.
Tomado por P. S. de la revista digital Imaginaria

sábado 9 de octubre de 2010

POLONIO DEL TRABAJADOR LITERARIO Breve guía para autores y editores . Edmund Wilson


Traducción de Aurelio Asiain

Este ensayo de Edmund Wilson, publicado originalmente en 1935, recogido primero en The Shores of Light y después en otras colecciones, no es inédito en español, pues ha visto antes la luz en una revista mexicana cuyo nombre y fecha no recuerdan nuestros informantes. Publicamos esta nueva traducción porque creemos que, no siendo inédito, tampoco es conocido y, a mas de seis décadas de publicado, sigue siendo una perfecta pieza inaugural para una revista literaria. Polonio es, desde luego, el personaje del dubitativo Hamlet.

jueves 24 de junio de 2010

Fotografía de Steve Mc Curry

EL CASO DE LA JOVEN AFGANA O CINDERELLA REVISITADA

La mano que hiere, la mano que cura


El retrato de la joven afgana, tomado por Steve Mc Curry (Filadelfia, 1950) en 1984 en el campo de refugiados Nasir Bagh, en Afganistán, está entre las diez fotografías más famosas de la historia. Los expertos la consideran de un nivel estético semejante a la Gioconda de Da Vinci o a las Madonnas de Botticelli. Fue portada del National Geographic en 1985. La niña se convirtió en un símbolo del pueblo afgano y de la opresión que sufrían la gente primero ante la invasión soviética y luego con el régimen talibán. La aldea de la chica había sido bombardeada por helicópteros artilleros y los padres murieron. La abuela y su hermanito caminaron durante dos semanas por la montaña, en medio de la nieve y refugiándose en cavernas, hasta dar con el campamento para refugiados. A los pocos días, el fotorreportero, que había atravesado la frontera de Pakistán disfrazado de lugareño, tomó la foto. Llevó a la chica a un costado, le pidió que abriera los ojos y voilà!

El retrato recorrió el mundo entero, le valió a Mc Curry reconocimiento mundial y el Robert Cappa Gold Medal por el Mejor Reportaje Fotografico. Este material fue tema de discusión en los programas de Larry King y de Oprah Winfrey e hizo que durante los 16 años subsiguientes no pasara un día sin que Mc Curry recibiera llamados o cartas ofreciendo donativos para las víctimas de la guerra, pidiendo localizar a la niña, reclutándose como voluntarios para ayudar a la víctimas en Pakistán o bien, en el caso de algunos hombres, queriendo casarse con ella. Tanto obsesionó a Mc Curry el objeto de su fotografía que en el 2002 volvió a Afganistán en un intento por localizarla. El National Geographic financió su búsqueda, el FBI ofreció sus servicios analizando el iris a todas las afganas que, como Cenicienta, decían ser ellas la modelo del retrato. Se realizó un documental sobre el hallazgo de la joven afgana, que resultó llamarse Sharbat Gula que en la lengua Pashto significa "dulces flores". Estaba casada desde los 13 años con un humilde panadero, tenía tres hijos vivos –el primero había muerto a los 8 meses de nacido-. El marido de Sharbat Gula accedió a que su esposa mostrara su rostro –ajado por el sufrimiento, dice la voz de Sigourney Weaver narrando el documental- alzándose la burka y enfrentando la cámara con la misma tenacidad de sus antiguos ojos verdes. En la reciente entrevista que le hiciera Clarín, Mc Curry comentó: "Ella no conocía la foto, le explicamos que se había convertido en una persona muy famosa. Pese a que le interesó, no entendía del todo lo importante que era, probablemente todavía no lo entienda". Sin embargo, el documental termina con Sharbat manifestando el deseo de que los americanos ayuden a reconstruir su país y que los afganos, sus hijos, reciban educación. El happy end de la historia parece ser la premisa la mano que hiere, es la mano que sana. En la construcción de este relato, no pesa cuánto de entuerto político hay, ni el papel que los Estados Unidos cumplieron en Afganistán, para desatar una guerra al grito de Osama Bin Laden vive allí, el mismo Osama Bin Laden que años antes había luchado en la resistencia contra la invasión soviética que, finalmente sea dicho, tanto daño había hecho a Sharbat Gula, la Cinderella de toda esta historia. El National, en su rol de benefactor y defensor de los pobres y ausentes, indemnizó a Sharbat Gula por el uso de su imagen y con este dinero creó un fondo especial para ayudar al desarrollo educacional y dar oportunidades a todas las niñas y mujeres de Afganistán. Una de las fotos exhibidas por Mc Curry en su conferencia en el Centro Cultural Borges mostró un aula en Kabul donde las niñas reciben educación y donde impera desde una de las paredes, como un prócer o como Santa María Madre de Dios, un cuadro de Sharbat Gula, ahora madre del pueblo afgano, inspirado en la portada de la revista



El album de los niños lastimados

Sin lugar a dudas, la foto se convirtió en un ícono de Occidente. Una niña de 12 años, envuelta en un mantón rojo agujereado, mira a cámara con sus impresionantes ojos verdes. En primer lugar, lo que atrae al espectador es la belleza de sus ojos y su rostro. Pero vista de más cerca –y este es un leit motiv en todos los retratos de Mc Curry y por extensión, en toda su obra- lo que impacta es el terror de su mirada. Según expresó él mismo, a Mc Curry le que le interesa no es captar los horrores de la guerra sobre el paisaje, sino sobre el rostro humano. Una foto vale mil discursos, dice la frase que tanto puede pertenecer a un semiótico de la imagen como al Mandela que fabricó Clint Eastwood o convertirse en el mantra de cuanto fotoperiodista pulula por los medios. La pregunta del millón es si el retrato de la joven afgana, por sí mismo evoca los sufrimientos del pueblo afgano e incita a la piedad de los cristianos de occidente. La pregunta, además de insoluble es paradójica: por un lado, el espectador de la fotografía la lee desde su propio sistema de signos y conocimientos y aplica a su lectura cuanto hay connotado en ella –el mantón roto, un ancestral lenguaje no-verbal que indica el terror en sus ojos- y una vez hecha esta lectura ya no puede volver a un estadio anterior donde tuviera la opción de leer lo real literal que es una imagen, de alguna otra manera. Por otro lado, el peso de lo denotado en la fotografía, es decir, la historia que la acompaña –la bella huérfana de la guerra- determina al espectador. Como si pudiera decirse: National Geographic 1, Sharbat Gula 0. Por otra parte, tal como Barthes escribe en El mensaje fotográfico, la imagen de la tragedia –un cuerpo desmembrado, por ejemplo- no significa tanto como la alusión a la tragedia. El mismo Mc Curry mostró en una de sus fotografías la cabeza de un hombre decapitado, sostenida como trofeo de guerra por sus captores. La foto produce horror, pero no conmueve. Sharbat Gula, que en nuestro sistema de valores se lee como la inocencia ultrajada por la guerra, conmueve.

El caso de la joven afgana es sin duda el más famoso pero no el único en la historia reciente del National Geographic. Mc Curry hizo de otro afgano objeto de la caridad: un sastre que cruza el río inundado con su máquina de coser al hombro. Según el fotógrafo contó, la empresa que fabrica esas máquinas de conocer reconoció que era una de las suyas, ubicó al sastre y le envió una nueva máquina para que tuviera con que trabajar. William Allard, otro fotógrafo del National Geographic, sacó en 1982 una foto en Arequipa a un pastorcito peruano llorando a mares porque un camión acaba de aplastarle sus seis ovejas. La foto sale en la portada y la gente, conmovida, reunió entre siete mil y ocho mil dólares para ayudarlo. Logran hallar al chico y años después, vuelve a ser portada cargando una oveja en brazos y sonriendo de oreja a oreja (no obstante, en la sonrisa de ese chico de 10 años, un espectador atento vé que ya le faltan piezas dentales permanentes). Allard comenta: “Hay casos en que las fotografías modifican la realidad”. Pero vuelta a la misma pregunta en estos casos: ¿es la fotografía la que conmueve o es el relato que la denota? ¿o la fotografía no es más que la expresión de mala conciencia del National Geographic?



El oficio

Hacia 1908, la mitad de las páginas de la revista National Geographic eran fotografías. La revista había nacido en 1888 y su objetivo era mostrar el mundo: la naturaleza y las culturas. Uno de sus primeros editores, Gilbert H. Growner, largó la consigna hacia 1920, que la lente de la cámara debía poder ver y disparar, antes de poder creer. El oficio de fotógrafo adquirió los visos del de explorador romántico, un Indiana Jones de la Kodak Chrome. Lejos está de ser considerado un intruso, un perturbador de la paz, porque su lema es heroico; dice Peter Caputo, también fotógrafo del National: “el elefante continúa atacando. Fue apenas un instante en un pantano. Pero tomé la foto y ahora vivirá para siempre”. El fotógrafo se apropia de su objeto y con él trasciende la muerte: el fotorreportero es un inimputable, según se mire, él tiene el empleo soñado. Actualmente, los fotógrafos del National Geographic retratan 150 historias al año y recorren una media de 1millón y medio de kilómetros. Mc Curry calcula que tomó entre 800mil y 1 millón de fotos a lo largo de su vida profesional. “En realidad, es un trabajo bastante simple”, explica Mc Curry. “Llego a un lugar, doy un paseo y veo lo que me interesa. Consiste en observar. Quizá se parezca a hacer malabares con seis bolas: está el sentido de la historia, el sentido del color, el sentido del diseño. Cada pelota es importante y hay que asegurar un balance entre los elementos.” Por lo general, cuenta, pide permiso a sus retratados para tomarles la fotgrafía, sobre todo si tienen un arma en la mano. “Si veo que no están contentos, desaparezco. Uno tiene que desarrollar cierto sentido para conocer el humor de la gente. No hay límites éticos en la fotografía; pero hay que ser cuidadoso y no imponerse. Si la persona no quiere que le tomen una foto, hay que honrarla y no cruzar la línea”. Al parecer para Peter Caputo el trabajo de fotorreportero no le resulta tan simple como a Mc Curry. Caputo, que cubrió las hambrunas de Somalía, declaró en una oportunidad: “el problema de tener una cámara entre el sujeto y tú, es que se convierte en tu escudo. Pero en ocasiones es necesario porque la fotografía que debes tomar es dolorosa y deprimente. Hubo veces en que me sentía doblegado por la tragedia, no pude continuar y bajé la cámara. Sentía que si seguía haciendo mi trabajo con este sentimiento dentro mío, dejaría de ser humano”. No obstante, tanto Caputo como Mc Curry se comparan con el cirujano que debe mantener alta su asepsia enocional para seguir trabajando. No pueden involucrarse con la gente -tampoco los asesinos a sueldo lo hacen- y Mc Curry declara que nunca pregunta los nombres de sus fotografiados, ni se vincula con ellos. Prevalece la cuestión técnica sobre la humana y la fantasía, por supuesto, de que su misión los redime: están investidos, más o menos como el Mesías, con la creencia de que sus fotografías pueden mejorar el mundo.


Publicado en el diario Clarin, Ñ, en enero de 2010

Memorias Mínimas.

1.

La tradición de escribir memorias es bastante reciente. La Antigüedad se las arreglaba con sus cronistas, como Herodes o Pausanias, hoy cimientos de la historia y de la geografía. De hecho, el arte de escribir memorias era en aquel tiempo homologable –según el historiador J-P Vernant- al rendirle culto al soldado caído en batalla. Un soldado cultivaba el valor y al caer en el campo de gloria, se convertía en un personaje heroico que dejaría memoria. Más adelante, aunque podían escribirse gestas de reyes, e incluso autobiografías, se trató siempre de personajes y hechos extraordinarios, que en sí mismos eran dignos de atención. Pero no era habitual que personalidades anónimas escribieran sus experiencias, aunque sabemos de sujetos que lo hicieron. Por ejemplo, el molinero Menocchio, que redacta fragmentos de su vida cotidiana. Menocchio será procesado por el Santo Oficio de la Inquisición y quemado en la hoguera en el siglo XVI en Italia, por su manera peculiar de ver el cosmos. El historiador Carlo Guinzburg tomará sus escritos y hará sobre ellos un libro magnífico sobre el pensamiento y la locura en el Renacimiento, El queso y los gusanos.

Con esto se quiere decir que el impulso de signar la propia vida a través de las 28 letritas del alfabeto es inherente al ser humano, dado que escribir es exponer y explicarse, además de sentar memoria. Ya lo dice el refrán: “Sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”, las tres formas de perdurar en el tiempo y trascender la muerte. Las memorias de la gente común, lo que dá en llamarse historias de vida llamaron la atención como género literario recién en las últimas dos décadas y en la actualidad gozan de popularidad entre los lectores.



2.

Particularmente es en las experiencias más trágicas donde aparece la necesidad de sentar memoria. Los sobrevivientes del Holocausto, de las dictaduras y las guerras, suelen escribir sus memorias llevados por la necesidad de denunciar y esclarecer, para que estos hechos aberrantes no vuelvan a repetirse. Dado que pasaron sesenta y cinco años del Holocausto, las memorias de sobrevivientes adquieren especial importancia. Se trata de ancianos que hoy por hoy se animan a contar aquello que les produjo tanto sufrimiento y que en su momento, algunos, intentaron olvidar. Muchas de estas memorias han sido recogidas o redactadas por parientes y amigos. Es el caso de Un día más de vida sobre la vida de David Galante y escritas por Martín Hazan, su ahijado. Galante nació y vivió en Rodas y fue deportado a Auschwitz. Otro libro que cuenta con los magníficos amanuenses Roberto Raschella y Mario Fiszman es La historia que nunca les conté. El libro de Gisela, cuya protagonista es Gisela Gleis, una joven judía de nacionalidad polaca, habitante de Stanislawow, un pequeño poblado, quien durante los años de la ocupación alemana se refugia junto a una treintena de personas de su pueblo natal en un sótano. También El ghetto de las ocho puertas, sobre la vida de Mira Ostromogilska, de quien el joven escritor argentino Alejandro Parisi fue su amanuense. La señora Ostromogilska sobrevivió al Ghetto de Varsovia, vivió durante largo tiempo en la Argentina y falleció el año pasado, año en que se editó el libro con su vida. El relato de Parisi escuchando a la anciana es conmovedor: “Debo confesar que durante todo un año esperé que en la voz de Mira afloraran el odio, el rencor hacia los alemanes y los católicos… Pero nunca ocurrió. De a ratos, ella me miraba a los ojos diciendo: ‘No entiendo cómo pudo pasar eso’. Otras veces, en cambio, mientras yo hacía fuerza para no llorar, ella interrumpía el relato de un fusilamiento en el ghetto para decirme con total naturalidad: ‘¿No quiere comer un pepinito con pastrón?’ Y luego, indiferente a mi cara de asombro, volvía a su relato.



3.

Sin duda, el más tremendo de libros de memorias es el recién publicado por Planeta, El último judío - Memorias de un sobreviviente - Treblinka 1943-1945, cuyo autor es Chil Rajchman. Su hermano aún está vivo y es quien se encargó de cuidar la edición y vive en Montevideo. Rajchman fue un prisionero encargado de los trabajos más horribles que pudieran hacerse en un campo: cortar el pelo a las mujeres que iban a las cámaras, acarrear cadáveres, extraer dientes de oro de los muertos. Rajchman se pregunta: “¿Cómo se puede ser tan fuerte, tener una fuerza tan sobrenatural como para soportar esto?” Participó de la rebelión del 2 de agosto del ’43 en Treblinka y llegó a sobrevivir. Emigró en 1946 en Uruguay donde falleció en el 2004. Escribió sus memorias en idish apenas salido de los campos pero recién fueron publicadas por primera vez en Francia en el 2009. El testimonio es desgarrador y hasta insoportable. Cuenta en tiempo presente los detalles de una labor indecible. Para justificar su libro, cuyo objetivo no es horrorizar ni escandalizar sádicamente a nadie, Rajchman escribe: “Sí, viví un año en las más terribles condiciones en Treblinka; luego, después del levantamiento, vagué durante dos meses. Viví dos años bajo una identidad polaca falsa; después, tras el levantamiento de Varsovia, pasé tres años y dos meses en un bínker en esa ciudad hasta que fui liberado el 17 de enero en 1945. Sí, sobreviví y me encuentro entre hombres libres. Pero a menudo me pregunto a mí mismo ¿para qué? Para contar al mundo qué fue de los millones de víctimas asesinadas, para ser un testigo de la sangre inocente que derramaron las manos de los asesinos.”



4.

Por otra parte, memorias más felices llegaron también al mundo editorial. Se trata de La extraordinaria historia de mi vida ordinaria de Joseph Minc, un señor –mecánico dental de profesión- nacido en Rusia en 1908, activista del Partido Comunista que hubo de exilarse en Francia y finalmente instalarse en la Argentina. Su hijo Alain habla sobre la decisión de editar unas memorias escritas originalmente para nietos y sobrinos; explica: “la desaparición de los mundos evocados por mi padre es más rápida de lo que podía pensarse, y entonces no hay razones, salvo la moderación y la discreción personales, para seguir ‘privatizando’ un testimonio así.” En Memorias de otra princesa rusa también Elizaveta Mijailovna, nacida en Rusia en la última década del siglo XIX, escribía para sobrinos y nietos. A los 65 años, su hijo Anatole Saderman le regaló un cuaderno blanco para que ella escribiera la historia de su vida y Elizaveta lo hizo en ruso. Luego, su hijo lo tradujo y algún tiempo después, su nieto lo editó. Elizaveta junto a su familia e hijos hubo de huir de grupos bolcheviques antisemitas. En el Prefacio, ella escribe: “…escribiré mis recuerdos, pero debo advertir que jamás me he destacado por mi buena memoria (…) y toda mi ciencia se acabó en tres años de escuela municipal primaria. Pero describiré mi infancia y adolescencia con veracidad y sin adornos, pues las recuerdo con mucha claridad. Quizás se me escape algún detalle de los más interesantes, más no me culpen por el olvido: Es mi traicionera memoria.”

Probablemente el lector se deleita en estas memorias porque le traen algo de sí mismo: su propios orígenes inmigrantes o su familia. Sin embargo a la pregunta ¿cuál es el sentido de leer las memorias de personas comunes?, puede responderse con una hipótesis. Tenemos la fantasía de que el hombre evoluciona y hace un aprendizaje de los horrores acaecidos para no volver a repetirlos. Nos imaginamos que los romanos o los inquisidores eran tipos mucho más ignorantes y crueles que nosotros. Es una fantasía que deberíamos hacer caer, si de verdad queremos mejorar las cosas. La afectividad del hombre no evoluciona: leer estas memorias ayuda a re-pensar el pasado para no caer en los mismos errores en el futuro.



El último judío – Chil Rajchman. Editorial Planeta, 2010

La extraordinaria vida de mi vida ordinaria – Joseph Minc. Ediciones de La Flor, 2009

Memorias de otra princesa rusa – Elizaveta Mijailovna. Ediciones de La Flor, 2009

El ghetto de las ocho puertas – Alejandro Parisi. Sudamericana, 2009

Un día más de vida. La odisea de David Galante – Martín Hazan. Lumiere, 2009