1. Introducción
“El gran olvidado de su generación”, así lo refieren los críticos cuando hablan de Richard Yates. Perteneció a una familia de grandes: John Cheever, John Updike, y Philip Roth el único –y esperemos que por muchos años- sobreviviente. Dice la escritora Bárbara Probst en una nota sobre Yates: “Los escritores que más se pueden comparar a Richard Yates por la temática y el lugar son John Cheever y John Updike. Pero Cheever era un escritor brillante, en cuyas historias el estilo y la pasión iban de la mano; Yates sencillamente no estaba en su clase. Y luego está Updike. Es verdad que Updike es un maestro, como Yates, del detalle sociológico, pero Updike estudió para ser artista.”
El crítico O’Nan escribió un ensayo en 1999 para la Boston Review, donde se lamentaba a propósito de Yates “Escribir tan bien y luego ser olvidado es un legado terrorífico”. En gran parte de la obra de Yates aparece en sus personajes la preocupación y la desesperación por dejar huella de su paso por este mundo. En este sentido, el destino le jugó al escritor una mala pasada.
2. Vida
Pero lo cierto es que las cosas en la vida no se le dieron con facilidad a Richard Yates.
Nació en 1926, en Yonkers, New York, hijo de una escultora frustrada y de un cantante fallido que se divorciaron siendo Richard muy pequeño. Contrajo tuberculosis en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, como uno de los personajes de sus cuentos. Después de una larga convalecencia vivió un tiempo en Francia. Su vida, estuvo marcada por el alcoholismo –al igual que la de su madre-, lo que le produjo tantos serios trastornos emocionales y llegó a clasificárselo de bipolar, por lo cual pasó varias estadías en instituciones psiquiátricas. Escribió los discursos de Robert Kennedy hasta 1963, cuando John F. Kennedy fue asesinado. Se mudó a Hollywood y escribió varios guiones, incluyendo una adaptación de Lie Down in Darkness, de William Styron. Ferviente admirador de Scott Fitzgerald Publicó siete novelas, de las cuales sólo tres fueron traducidas al español: Vía Revolucionaria, Desfile de Pascua o Las hermanas Grimes y El salvaje viento que pasa. Hace pocos años atrás Esther Cross tradujo el libro de cuentos Once tipos de soledad. Yates estaba celoso de los que tenían más éxito que él; nunca consiguió la ansiada portada en The New Yorker, escribe la periodista Sara Brito, y lo máximo a lo que llegó fue a una reseña en la cuarta página del The New York Times Review of Books. Como el protagonista de Vía Revolucionaria él también tuvo “el empleo más aburrido que pudiera imaginarse”: escribiendo en catálogos de máquinas calculadoras. Su desgaste y desilusión pasó directa a sus personajes.
Durante siete años dictó talleres de escritura en la Universidad de Iowa para luego enseñar en otras ciudades de Estados Unidos, desde Boston hasta Nueva York, e instalarse, con el mismo fin, en Tuscaloosa en 1991. Según el crítico Black Bailey, Yates acabó sus días en un departamento infestado de cucarachas y con el manuscrito de su última y todavía inédita novela metido dentro de la heladera para protegerlo de un posible incendio Murió en Alabama en 1992.
3. Los duros ‘50
Vía Revolucionaria es su primera novela y data de 1961. La escribió a los 35 años y Bárbara Probst reprocha en su nota de El País “bastante tarde para su edad”, lo cual es muy injusto con Yates, porque Probts exalta la juventud por la juventud misma, un valor tan en boga hoy día y que no dice nada acerca de la calidad de las primeras producciones. Julio Cortázar publicó Bestiario a los 37 años y renovó el cuento argentino en ciento ochenta grados. En Vía Revolucionaria, Yates cuenta la historia de los Wheeler, un matrimonio joven cree poseer un talento diferente a sus vecinos y compañeros de trabajo, o al menos sienten la inquietud por el arte y por hacer de sus vidas algo más que llevar la existencia gris y mediocre que significa la realización del sueño americano.
La novela transcurre durante la década del ’50, donde la prosperidad y el confort parece alcanzar a todas las familias de bien. Lo que el gran slogan del sueño americano no advierte es que la tranquilidad económica no basta para sacudirse la insatisfacción espiritual. Las canciones de los ’50 eran dulces e inocentes –los hits de la década fueron Blue Moon, Teach me tonight, Blue Velvet y Sway- y no reflejaban la crisis por la que pasaban los americanos: el amor y la felicidad en el matrimonio no eran un sitio adonde llegar comprando electrodomésticos.
La narrativa de los ’50 se hace cargo de esta crisis: puede decirse que la década comenzó con la publicación de El cazador oculto de J. D. Salinger en 1951 –aunque cuenta la historia de un adolescente que no soporta tener un futuro programado- y acaba con la publicación de la novela El graduado de Charles Webb y con la de La campana de cristal de Sylvia Plath, ambas publicadas en 1963 poco antes del suicidio de Plath a los 31 años.
Philip Roth había ganado en 1960 el National Book Award –un premio para la literatura nacional creado en 1950- con Goodbye, Columbus. Y al año siguiente, Vía Revolucionaria será finalista también del National Book Award, aunque el premiado resultará Conrad Richter. Sin embargo, es Corre, Conejo de John Updike la novela que tiene mayor semejanzas con Vía Revolucionaria: su temática las hermana: el matrimonio y la llegada de los hijos son tema de conflicto. Corre, Conejo fue publicada el año anterior a la primera novela de Yates y mientras en la primera la acción transcurre en 1959, en la segunda lo es en 1955. Conejo Angstrom y Frank Wheeler podrían encontrarse juntos a tomar una cerveza en cualquier pub, pero la gran diferencia entre ambos es que Wheeler sabe lo que a él le falta y Conejo no tiene ni idea y se dispone alegremente a descubrirlo. Frank Wheeler es todo desesperación.
4. La novela
Los Wheeler –ella una actriz frustrada y él un empleado de oficina que ni siquiera sabe cuál es su verdadera vocación- deciden abandonar la casita suburbana y emigrar a París con sus dos hijos pequeños. Es una salida desesperada: pondrán ahí todos sus ahorros y esperanzas y quemarán las naves para no volver. París aparece como el territorio donde ellos podrán ser ellos mismos. Entonces sucede lo que sucede en un matrimonio: un tercer hijo “amenaza” con nacer y sumirá a los Wheeler en el abismo. (También en la serie Los Simpsons, con su habitual humor, se narra en un capítulo cómo la llegada de Maggie, el tercer hijo, estropea la felicidad de Homero, quien había descubierto su vocación como cantinero. Cuando Maggie nace, Homero vuelve a la fábrica y pega un retrato de la bebé para tener siempre en cuenta –sic- por qué es que trabaja en un lugar en el que está tan a disgusto.)
Richard Yates cargó con la acusación de que todos sus personajes eran perdedores. La acusación contiene más pánico que realidad: en un sistema de trabajo con jornadas laborales de ocho horas o más y donde el consumo es el único modo de quitar la angustia por un rato, difícilmente una persona pueda saber quién es, a qué aspira y qué sentido tiene sino la Vida con mayúscula, al menos su propia vida. Todo lo escrito por Yates abreva de alguna manera en su vida privada. “Bajarse los pantalones en público”, así definió su estilo: “Todo lo que he escrito sucedió de un modo u otro. Mi gran mérito es haber sabido verlo”. Viéndola a trasluz, la escritura de Yates es sumamente religiosa; hay en ella resabios de la parábola cristiana de los talentos. En una entrevista antes de morir, declaró: “Si en mi obra hay un tema, sospecho que es uno simple: que la mayor parte de los seres humanos están irremediablemente solos, ahí es donde reside la tragedia”. Ojalá que la película de Sam Mendes, haga regresar a este grande al público lector quien no podrá olvidar jamás el haberlo leído.
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