martes, 8 de diciembre de 2009

Bajarse los pantalones en público. Sobre la obra de Richard Yates

1. Introducción
“El gran olvidado de su generación”, así lo refieren los críticos cuando hablan de Richard Yates. Perteneció a una familia de grandes: John Cheever, John Updike, y Philip Roth el único –y esperemos que por muchos años- sobreviviente. Dice la escritora Bárbara Probst en una nota sobre Yates: “Los escritores que más se pueden comparar a Richard Yates por la temática y el lugar son John Cheever y John Updike. Pero Cheever era un escritor brillante, en cuyas historias el estilo y la pasión iban de la mano; Yates sencillamente no estaba en su clase. Y luego está Updike. Es verdad que Updike es un maestro, como Yates, del detalle sociológico, pero Updike estudió para ser artista.”
El crítico O’Nan escribió un ensayo en 1999 para la Boston Review, donde se lamentaba a propósito de Yates “Escribir tan bien y luego ser olvidado es un legado terrorífico”. En gran parte de la obra de Yates aparece en sus personajes la preocupación y la desesperación por dejar huella de su paso por este mundo. En este sentido, el destino le jugó al escritor una mala pasada.

2. Vida
Pero lo cierto es que las cosas en la vida no se le dieron con facilidad a Richard Yates.
Nació en 1926, en Yonkers, New York, hijo de una escultora frustrada y de un cantante fallido que se divorciaron siendo Richard muy pequeño. Contrajo tuberculosis en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, como uno de los personajes de sus cuentos. Después de una larga convalecencia vivió un tiempo en Francia. Su vida, estuvo marcada por el alcoholismo –al igual que la de su madre-, lo que le produjo tantos serios trastornos emocionales y llegó a clasificárselo de bipolar, por lo cual pasó varias estadías en instituciones psiquiátricas. Escribió los discursos de Robert Kennedy hasta 1963, cuando John F. Kennedy fue asesinado. Se mudó a Hollywood y escribió varios guiones, incluyendo una adaptación de Lie Down in Darkness, de William Styron. Ferviente admirador de Scott Fitzgerald Publicó siete novelas, de las cuales sólo tres fueron traducidas al español: Vía Revolucionaria, Desfile de Pascua o Las hermanas Grimes y El salvaje viento que pasa. Hace pocos años atrás Esther Cross tradujo el libro de cuentos Once tipos de soledad. Yates estaba celoso de los que tenían más éxito que él; nunca consiguió la ansiada portada en The New Yorker, escribe la periodista Sara Brito, y lo máximo a lo que llegó fue a una reseña en la cuarta página del The New York Times Review of Books. Como el protagonista de Vía Revolucionaria él también tuvo “el empleo más aburrido que pudiera imaginarse”: escribiendo en catálogos de máquinas calculadoras. Su desgaste y desilusión pasó directa a sus personajes.
Durante siete años dictó talleres de escritura en la Universidad de Iowa para luego enseñar en otras ciudades de Estados Unidos, desde Boston hasta Nueva York, e instalarse, con el mismo fin, en Tuscaloosa en 1991. Según el crítico Black Bailey, Yates acabó sus días en un departamento infestado de cucarachas y con el manuscrito de su última y todavía inédita novela metido dentro de la heladera para protegerlo de un posible incendio Murió en Alabama en 1992.

3. Los duros ‘50
Vía Revolucionaria es su primera novela y data de 1961. La escribió a los 35 años y Bárbara Probst reprocha en su nota de El País “bastante tarde para su edad”, lo cual es muy injusto con Yates, porque Probts exalta la juventud por la juventud misma, un valor tan en boga hoy día y que no dice nada acerca de la calidad de las primeras producciones. Julio Cortázar publicó Bestiario a los 37 años y renovó el cuento argentino en ciento ochenta grados. En Vía Revolucionaria, Yates cuenta la historia de los Wheeler, un matrimonio joven cree poseer un talento diferente a sus vecinos y compañeros de trabajo, o al menos sienten la inquietud por el arte y por hacer de sus vidas algo más que llevar la existencia gris y mediocre que significa la realización del sueño americano.
La novela transcurre durante la década del ’50, donde la prosperidad y el confort parece alcanzar a todas las familias de bien. Lo que el gran slogan del sueño americano no advierte es que la tranquilidad económica no basta para sacudirse la insatisfacción espiritual. Las canciones de los ’50 eran dulces e inocentes –los hits de la década fueron Blue Moon, Teach me tonight, Blue Velvet y Sway- y no reflejaban la crisis por la que pasaban los americanos: el amor y la felicidad en el matrimonio no eran un sitio adonde llegar comprando electrodomésticos.
La narrativa de los ’50 se hace cargo de esta crisis: puede decirse que la década comenzó con la publicación de El cazador oculto de J. D. Salinger en 1951 –aunque cuenta la historia de un adolescente que no soporta tener un futuro programado- y acaba con la publicación de la novela El graduado de Charles Webb y con la de La campana de cristal de Sylvia Plath, ambas publicadas en 1963 poco antes del suicidio de Plath a los 31 años.
Philip Roth había ganado en 1960 el National Book Award –un premio para la literatura nacional creado en 1950- con Goodbye, Columbus. Y al año siguiente, Vía Revolucionaria será finalista también del National Book Award, aunque el premiado resultará Conrad Richter. Sin embargo, es Corre, Conejo de John Updike la novela que tiene mayor semejanzas con Vía Revolucionaria: su temática las hermana: el matrimonio y la llegada de los hijos son tema de conflicto. Corre, Conejo fue publicada el año anterior a la primera novela de Yates y mientras en la primera la acción transcurre en 1959, en la segunda lo es en 1955. Conejo Angstrom y Frank Wheeler podrían encontrarse juntos a tomar una cerveza en cualquier pub, pero la gran diferencia entre ambos es que Wheeler sabe lo que a él le falta y Conejo no tiene ni idea y se dispone alegremente a descubrirlo. Frank Wheeler es todo desesperación.

4. La novela
Los Wheeler –ella una actriz frustrada y él un empleado de oficina que ni siquiera sabe cuál es su verdadera vocación- deciden abandonar la casita suburbana y emigrar a París con sus dos hijos pequeños. Es una salida desesperada: pondrán ahí todos sus ahorros y esperanzas y quemarán las naves para no volver. París aparece como el territorio donde ellos podrán ser ellos mismos. Entonces sucede lo que sucede en un matrimonio: un tercer hijo “amenaza” con nacer y sumirá a los Wheeler en el abismo. (También en la serie Los Simpsons, con su habitual humor, se narra en un capítulo cómo la llegada de Maggie, el tercer hijo, estropea la felicidad de Homero, quien había descubierto su vocación como cantinero. Cuando Maggie nace, Homero vuelve a la fábrica y pega un retrato de la bebé para tener siempre en cuenta –sic- por qué es que trabaja en un lugar en el que está tan a disgusto.)
Richard Yates cargó con la acusación de que todos sus personajes eran perdedores. La acusación contiene más pánico que realidad: en un sistema de trabajo con jornadas laborales de ocho horas o más y donde el consumo es el único modo de quitar la angustia por un rato, difícilmente una persona pueda saber quién es, a qué aspira y qué sentido tiene sino la Vida con mayúscula, al menos su propia vida. Todo lo escrito por Yates abreva de alguna manera en su vida privada. “Bajarse los pantalones en público”, así definió su estilo: “Todo lo que he escrito sucedió de un modo u otro. Mi gran mérito es haber sabido verlo”. Viéndola a trasluz, la escritura de Yates es sumamente religiosa; hay en ella resabios de la parábola cristiana de los talentos. En una entrevista antes de morir, declaró: “Si en mi obra hay un tema, sospecho que es uno simple: que la mayor parte de los seres humanos están irremediablemente solos, ahí es donde reside la tragedia”. Ojalá que la película de Sam Mendes, haga regresar a este grande al público lector quien no podrá olvidar jamás el haberlo leído.

FLIA no es la abreviatura de familia

El escritor finolis levanta sus ojos de sus polvorientos volúmenes un día y se entera que el sábado 28, en la explanada de la Biblioteca Nacional, habrá una jornada-feria del libro independiente y alternativo, cosa que se abrevia FLIA. El alguna vez oyó hablar de eso, probablemente a algún alumno punkcito que más merece ir a una institución de menores que a sus talleres de escritura. Hay un recuerdo que le viene a la boca como el sabor de la magdalena proustiana: también él fue un autor independiente en sus comienzos, allá por la Era del Hielo. Así que concurre a la cita, porque es un día soleado y hay un paisaje bonito, con los aviones continuamente partiendo de Aeroparque. El escritor finolis, digámoslo así, es un romántico.
Nada contrasta más con sus expectativas que llegar a la Feria y encontrarse con un grupos de rocks como Pat Morita y Alvy Singer que le aúllan en sus oídos acostumbrados a la cadencia de Johann Sebastian Bach. La visión de un stand de la FLIA es lo que él menos imagina como stand: son mesas donde alegre y caóticamente se exponen los productos. No obstante, para su sorpresa, el escritor finolis halla en la FLIA un corpus que va desde el chico que editó sus poemas heavy metal y les puso un broche, a los ensayos de Deleuze o las memorias de infancia de Thomas de Quincey. Hay ahí más de 40 editoriales argentinas independientes, entre ellas Colihue, Bajo la Luna, Vox, Mil Botellas, Malón, Las Cuarenta, Caja Negra, La Cebra, Mansalva, Milena Caserola y Eloísa Cartonera. Los expositores cuentan que hacen sus ferias en Capital y el Gran Buenos Aires unas cuatro veces por año. ¿Cómo el escritor finolis, que además de finolis es post-moderno y tiene banda ancha, no se enteró por Internet? El blog es http://feriadellibroindependiente.blogspot.com/ y hay que suscribirse para que te envíen la cadena de emails comunicando. De todos modos, le avisan que la próxima feria será el 5 y 6 de Diciembre en Cooperativa Gráfica Patricios, Av. Patricios 1941, Barracas – La Boca, y él promete ir.
De pronto, el escritor finolis tiene una visión de algo fuera de este mundo: se trata de Horacio González, a la sazón director de la Biblioteca Nacional, comprando libros independientes y cargándolos. Cuando el escritor finolis se acerca respetuosamente a saludarlo, el director le dice: “Ayudáme, tenéme los libros”. El escritor finolis no fue allí como changarín, pero acepta gustoso –de paso relojea qué libros lee el ecléctico y más creativo ensayista argentino.
Durante la primera parte de la tarde, en el subsuelo de la Biblioteca Nacional convive con la feria una maratón de cortos audiovisuales. Al poco rato, alguien avisa que el baño de hombres está inundado porque uno de los expositores se duchó y dejó la canilla sin cerrar. El escritor finolis recuerda un bistrot adonde sirven delikatessen por ahí cerca y que tienen un precioso toilette art nouveau, por si él necesitara hacer uso. Un muchacho pasa entre los feriantes ofreciendo algo cocinado por él mismo: Galletas Locas. El escritor finolis rehúsa horrorizado y temiendo una hepatitis fulminante luego de la ingesta. Además, él se trajo para mordisquear un auténtico bretzel alemán de su barrio.

Estrellas del rocanrol
Entre los sucesos que la FLIA promete, está la charla Hacia Frankfurt 2010 de la que participa Miguel Rep. Como el auditorio ha sido improvisado también en la explanada, la conferencia es prácticamente inaudible porque los grupos de rock están que trinan insultando a las instituciones. El escritor finolis, digámoslo así, tiene ganas de llorar de la jaqueca. Por eso parte, a caminar entre los feriantes y halla a Pipo Lernoud, la leyenda viviente del rock argentino. Lernoud le obsequia su compilación personal de Expreso Imaginario, publicación que él dirigió desde 1976 a 1983, ahora en un cd y con formato PDF. También un libro de poemas, Sin tiempo, sin memoria. El escritor finolis se sienta a leer y se deleita con ¿Qué es un poema si no es entrever,/en la multitud de Maipú y Lavalle,/ que no sabemos realmente quiénes somos,/ adónde vamos? Mientras está sumergido en estos versos de Lernoud, otro evento se precipita. Se trata de la presentación del libro publicado por Milena Caserola, Cuentos alcohólicos de Cristina Civale (escritora, periodista y blogger de Clarín) en el sitio donde antes hablara Miguel Rep con un micrófono, sin poder ser escuchado y ahora la cosa está peor, porque saltó una fase y ni siquiera habrá micrófono. Civale, no se amedrenta. Verdadera show woman, acerca sillas y mesas y mientras sirve malbec en vasitos de plástico pregunta: De los presentes, ¿quién vino por mi libro y quién por el alcohol? Al escritor finolis le recuerda a Celia Cruz cuando al acabar sus shows preguntaba cuántos cubanos habían ido a verla y les agradecía porque ellos la habían hecho una estrella. La autora, durante su presentación, cuenta por qué después de haber pasado por grandes sellos, elige publicar de forma independiente. Porque así tiene llegada a otro público, con ediciones más económicas, escribiendo aquello que ella tiene ganas y no lo que le requiere el mercado. Emocionado hasta las lágrimas, el escritor finolis, aplaude.

Copyleft
Los mayores intríngulis respecto de la edición independiente, se cuecen alrededor del concepto de copyleft. Se trata de una contrapartida del copyright que aboga por LIBERTAD DE USO - LIBERTAD DE MODIFICACION - LIBERTAD DE COPIA y si bien suenan a libertades justas y anarquistas, atentan contra la propiedad intelectual. Así como el copyright se reserva y protege todos los derechos del autor, el copyleft se reserva todos los perjuicios. Los objetivos del copyleft tal vez sean nobles, democráticos y universales: todos los objetos culturales deberían pertenecer a todo el mundo de manera asequible y gratuita. La pregunta que al escritor finolis le asalta es si habrá un futuro posible para un escritor, si las leyes que protegen su trabajo quedan sin efecto. ¿Acabará de desaparecer la literatura como lo hizo la alquimia, la cetrería o la granadina? Mientras esta pregunta lo atenaza y lo lleva al borde del pánico, la Orquesta Artística Libertad suena a todo lo que da en la Biblioteca Nacional vivando canciones de la Guerra Civil como Bella Ciao o No pasarán. Pero de pronto, mientras el cantor lanza Viva la Quinta Brigada/ que nos cubrirá de gloria, un grupo de ancianas que se juntó alrededor –abuelas de los editores o escritoras ellas- corean: Ay, Carmela. El escritor finolis se jura que irá a la próxima feria y camino de su casa, para y se come un pancho de pie. El arte está donde uno lo quiera buscar, se dice y embadurna la salchicha con más mostaza.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Haces lo que tienes que hacer - Sobre la novela Indignación, de Philip Roth

“Indignación, la palabra más bella en lengua inglesa”, así reza Roth, o mejor el joven Messner, su protagonista en una de sus páginas. Apelando al recurso de lo maravilloso, aquí el joven judío Mark Messner, que acaba de ser expulsado de su pequeña universidad en Winesburg, Ohio, ha recibido una herida mortal en la guerra de Corea. Durante el tiempo que dura el efecto de las ampolletas de morfina, él puede recordar su vida y sobre todo lo que él llama “el primer año de mi virilidad y el último de mi vida”.
Aunque la novela por supuesto es anti-bélica, lo cual se resalta por lo sucedido al protagonista –esto se sabe desde las primeras páginas-, hay mucho más que eso. Su padre le ha dado un saludable consejo que Messner no logra nunca poner en práctica, aun sabiendo que ponerlo en práctica le salvaría la vida. El padre, un carnicero kosher de Newark que sueña con mandar a su hijo a la universidad, le enseña el oficio. Messner hijo recuerda: “Mi tarea consistía no sólo en desplumar los pollos, sino también en eviscerarlos. Les abres un poco el culo, metes la mano, agarras las vísceras y las sacas. Detestaba esa parte, asquerosa y repugnante, pero había que hacerlo. Eso es lo que aprendí de mi padre y lo que me gustó aprender de él: que haces lo que tienes que hacer.”
Para empezar, es un drama sobre el sexo. Messner tiene su primera experiencia sexual, una del tipo poco convencional. Si bien la literatura en general suele presentar el sexo como aquello que siempre está barrado para los personajes, en la literatura de la última década, luego de tanto quehacer pornográfico donde se escindió el afecto de la práctica sexual, el sexo es ahora el territorio del desconcierto. Tanto en la reciente Chesil Beach de Ian McEwan (2007) como en esta Indignación de Roth escrita un año después, el protagonista es un tipo desconcertado ante su propia sexualidad. Ambas novelas están ambientadas en los incipientes y largos ’50 y en ambas los personajes son flamantes veinteañeros. Pero los jóvenes de McEwan no son judíos, ni de estracto social medio bajo, ni acceden a una universidad wasp donde deben asistir obligatoriamente a los servicios religiosos protestantes. Los personajes de McEwan se enojan, los de Roth se rebelan. Al modo del héroe griego que no puede evitar su destino, Messner se niega a participar del culto cristiano. Pero hace algo peor, más incomestible para las autoridades de esa sociedad wasp: se niega a participar no por ser de condición judía, sino por ser ateo. Messner, dice, adhiere a las ideas del filósofo Bertrand Russell cuando escribió el ensayo Por qué no soy cristiano. Que después Russell se haya ganado el Premio Nobel, es totalmente irrelevante para el decano: el cristianismo es la fuerza de cohesión en Occidente y quien lo refute lo deja a él sin cuidado: con lo cual Roth parece decir: “No sean crédulos: la literatura nunca cambiará al mundo y menos la mente de un conservador”. En la universidad de Winesburg –en la ficción- se respetarán las normas y el cristianismo bien entendido es una norma moral. Conclusión: Messner sale eyectado del claustro universitario a Corea y guay con atreverse a acusar de antisemita al decano.
Otra voces dialogan con Roth en la construcción de Indignación. Para esta pueblerina universida de Winesburg, en el Estado de Ohio, tal vez Philip Roth se haya inspirado en la novela o librito del mismo nombre publicado en 1919 Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson, pilar de la novelística americana y que influyó a Hemingway y a Faulkner. Anderson pintó en el libro, a través de cuentitos desmañados sobre distintos personajes, la vida de todo un pueblo del Medio Oeste, que, si debiéramos hacer la traducción a nuestro tiempo diríamos que era una especie de Springfield, tierra de Homero Simpson y familia. La otra voz es sin duda la del Holden Caufield de Salinger, quien también se niega a vivir la estupidez y el infantilismo de la vida universitaria propuesta por el sistema educativo estadounidense y se marcha dando un portazo. Holden también termina su novela tendido en la cama, derrumbado, pero debido a una postración nerviosa. El cazador oculto fue publicado en Estados Unidos en 1951, el único año de vida académica del joven Mark Messner, ya que en 1952 estará muerto. La amada de Mark sufrirá también ese mismo año un colapso nervioso. Todos aquí, los Holden y los Messner, son títeres desgarrados de la gran conquista bélica de un imperio en crecimiento. Salinger cuenta una y otra vez en sus primeros libros la destrucción de la familia por la pérdida o la locura de uno de sus miembros durante la Segunda Guerra Mundial; también en este libro de Roth hay primos veinteañeros muertos en servicio. Un pensamiento del cuño de Roth: en la guerra no hay muertes honorables. Mark Messner solía temer “ser enviado a Corea a que me maten”: la guerra es un gran pelotón de fusilamiento de los tontos y los débiles, porque los otros, los astutos y los fuertes, no pierden su tiempo allí. La frutilla de la torta de esta novela que dialoga con producciones literarias anglosajonas, aunque no se parece a ninguna de todas ellas, es una irrupción de violencia juvenil dentro de la facultad, cosa que está hoy tan a la orden del día por aquellos lares.
Philip Roth tiene treinta y dos libros publicados entre ensayos y narrativa. Es tal vez el autor más premiado de su generación (cuenta con un Pulitzer, cuatro Book National Award, varios Pen Club y como si fuera poco es doctor honoris causa de la Universidad de Harvard). Indignación es una espléndida muestra de su obra. El la calificó como un cuento largo e hizo cargo a sus editores de considerarla una novela. Sea como fuera, este texto tiene la solidez y el brillo de una perla. No toda la producción de Roth ha sido aun traducida al castellano y algunos libros suyos son actualmente inconseguibles. Roth suele quejarse en las entrevistas de cuánto le cuesta escribir y comenzar un libro. Sin embargo, el próximo ya está escrito y anunciado. Se trata de The Humbling que saldrá a la venta en tapa dura en noviembre del 2009 en los Estados Unidos, pero que de así quererlo, los fanáticos pueden comprarlo YA por Internet, pidiéndolo a la Philip Roth Society (http://orgs.tamu-commerce.edu/rothsoc/index.htm). Los demás, tendremos que esperar un poco, para verlo traducido al español.

Publicado en la Revista QUID. Invierno de 2009

Tipos como él. Sobre Dominique Fabré

La editorial rosarina Beatriz Viterbo publicó por fin la segunda novela en castellano de Dominique Fabré (Francia, 1960), Tipos como yo. La anterior había sido La mesera era nueva (2006) y contaba la historia de un mozo de café de Asniéres, en las afueras de París. Aquí, el asunto es muy diferente. Un cincuentón, que se siente a sí mismo más viejo de lo que es, se pregunta si su vida “ya fue”, si un hombre como él tiene aun un futuro posible. Es un oficinista del montón, divorciado y con un hijo de veinte años. No hizo el duelo de su matrimonio demasiado bien y tampoco perdona a su esposa cómo planteó la ruptura: él ha salido derrotado en la guerra conyugal. La sensación de derrota es la que invade todo su pensamiento, como una depresión crónica. Sin embargo, el protagonista no se dá por vencido. Para empezar, tiene dos amigos de la infancia a los que frecuenta: Jean y Marc y ambos son polos opuestos. El perdedor que no puede siquiera sostener un trabajo y queda enredado en las telarañas del pasado, y el que ha podido reconstruir una vida, una familia, a pesar de todo. Para el protagonista de esta novela, salir adelante es hacer a un lado la soledad. Apenas si entera al lector de que sólo ha tenido una relación amorosa desde que rompió con su esposa, y que, de hecho, hace dos años que no hace el amor. Por eso, en su búsqueda del amor chatea en páginas de encuentros hasta dar con Marie, bajo el nickname de Myosotis, una mujer que comienza a convertirse en su compañera.
Durante todo este viaje de ‘regreso a la vida’, él utiliza como ‘memento mori’ un cuento de Scott Fitzgerald, aquel del hombre que pregunta: “¿Le molesto si bajo la persiana?”. De hecho, el libro tiene un tono que recuerda al Crack-up de Fitzgerald, autor al que Fabré conoce muy bien ya que enseña literatura norteamericana en la universidad. Los tipos como yo son los tipos comunes y corrientes, todos con los mismos hábitos, de la misma franja etaria y más o menos el mismo estado civil.
El sueño del protagonista es muy pequeño: comprarse una motoneta para salir a dar vueltas como hacen en la película Caro Diario de Nanni Moretti. La escritura calma, pausada e intimista de Fabré es un prodigio literario, dado que aunque no cuenta nada espectacular, ni crímenes ni gángsters ni sexo duro, atrapa totalmente al lector con el devenir de los deseos de ese tipo como yo. Alguna vez, Paul Auster declaró que una novela es una música constante, tiene su propia música y ésta es la voz del narrador –por lo general. Maestros declarados en este sentido es Tabucchi que en Sostiene Pereira el lector parece oír al narrador hablando del imperioso Pereira. Sin duda, Fabré pertenece a una red de narradores europeos actuales como podría ser Patrick Modiano o el italiano Ermanno Cavazzoni, donde la escritura se complace en el relato del detalle íntimo, afectivo, y por eso mismo movilizador.
Un acierto absoluto de las editoras, es el estilo elegido para la traducción –hecha por Adriana Astutti, también editora de Beatriz Viterbo-: neutro, pero lo suficientemente argentino en la elección de algunos términos y giros –pucho, la cola en el mercadito, la compu, etc.-, como para sentirse uno también un tipo como yo. Dominique Fabre ya ha escrito nueve novelas, cuyos protagonistas son seres un poco al costado del tejido social, pero que no puede decirse que sean marginales. Un detalle muy a propósito para los que quieran leer su obra en francés, es que no deben confundir al autor de Los tipos como yo con su homónimo, guionista de cine y escritor de novelas policiales, también francés. No obstante, para los no francoparlantes, es de desear pronto que puedan leerse sus novelas en español. Y cuando un lector dice que quiere verlas pronto movido por su entusiasmo, quiere decir mañana mismo.

Publicado en el Diario Crítica el 29-11-09

martes, 1 de diciembre de 2009

Qué tienen los músicos en la cabeza

Antes, si quería saber sobre el cerebro y su funcionamiento, una persona recurría a los libros. Consultaba bibliotecas de medicina, o llegado el caso, consultaba con un neurólogo. Ahora, el National Geographic nos ofrece la versión compendiada del saber humano. Para colmo, con músicos y artistas de protagonistas que harían suspirar a una piedra. Más o menos como las hacía suspirar el legendario Orfeo.
La fan prende el tele a tiempo para ver Inteligencia musical, el nombre que NatGeo dio a su documental estrenado el domingo. La fan todo lo que sabe sobre el cerebro humano lo aprendió: a) en la escuela secundaria, b) en la serie Dr. House. Pero aquí se sintió convocada a no perder un instante de mayúscula emisión, porque la estrella era nada menos que Sting. Lo eligieron porque también ellos lo consideran un músico creativo y que constantemente acepta nuevos desafíos de aprendizaje: con más de 50 años, Sting aprendió a tocar el laúd por sí mismo. La fan, que apenas si puede mover los dedos para tapar uno y otro agujero de la flauta dulce escolar, se queda admirada.
Vivo y coleando, Sting se sometió como conejillo de Indias a la resonancia magnética para mostrar su actividad cerebral cuando escuchaba determinadas canciones. Cuando le pusieron música ambiental, la actividad cerebral de Sting se detuvo en línea mortal prácticamente y después explicó a cámara: “La música ambiental es una peste”.
Quien conducía estas investigaciones fue el Dr Daniel Levitin, también llamado Dr. Rock and Roll porque además de neurocientífico, es comediante de escena, toca el saxo –en las cortinas acompañó a Sting en Roxanne- y la fan se pregunta con desolación por qué médicos así no están en las deprimentes guardias de hospitales, que te mandan a casa con una aspirina después de un diagnóstico apocalíptico.
Los otros doctores a cargo fueron Peter Janata y Lola Cuddy, especialista en pacientes con Alzheimer. Un paciente que no puede recordar el nombre de la comida en el plato, puede tararear las canciones que escuchaba en Shangai en 1930. O sea que la música del dinosaurio Barney ha quedado inscripta para siempre y para horror de muchos en el patrón cerebral de más de uno. Otros músicos invitados a mostrar su actividad cerebral y la relación entre música y movimiento, fueron Leslie Feist, Wyclef Jean y Michael Bublé, ahora novio de Luisana Lopilato. Por suerte para Bublé, a él no lo sometieron a la resonancia pidiéndole que pensara en Luisana mientras estaba dentro para comprobar su actividad cerebral. Pero él, sin que viniera a cuento y no haciéndose cargo de su sobrepeso, largó: “Puede entender por qué las mujeres se enamoran de los cantantes: es como si uno estuviera desnudo”. Un fanfarrón.
Al final, los doctores afirman lo mismo que los dealers: el placer es una cuestión de sustancias. Cuando la música gusta, el cerebro fabrica endorfina. Wyclef Jean asintió enfáticamente: “Se me iluminan los ojos cuando toco la guitarra”. La música libera tres sustancias: endorfina, dopamina (en el canto) y oxitocina (en el baile) y la conclusión es que el sentido de la música es crear y mantener los nexos sociales. El hombre es el único animal que conoce el sentido del ritmo y al parecer las fanáticas no se enamoran de los músicos por ser unas simples taradas, sino que existe una explicación evolutiva: los músicos liberan en sus exhibiciones una gran cantidad de energía física y creativa, lo cual resulta imprescindible para la generación siguiente. Aquí es cuando la fan –y cualquier espectador del montón- se pregunta qué vio su madre en su padre, dado que el pobre apenas si puede rascar una vidalita en la guitarra.
Cuando preguntaron a Sting por su primer recuerdo musical, él comentó que fue su madre, tocando en el piano un tango. (Acá la fan suspira.) Siempre le gustó el compás espasmódico del tango, declaró, a tal punto que aunque algunos digan que Roxanne es una canción reggae, él dice que es un tango. ¿Quién, que tenga un nombre de tres sílabas, no tarareó la canción con su propio nombre? Cris-ti-ne, Te-re-se, etc. La fan se promete buscar en la web la dirección de Gordon Matthew (nombre real de Sting) para escribirle y proponerle casamiento.
En otras palabras, el programa fue un éxito, aunque para la fan la visión de un cerebro tomografiado no sea muy diferente a la fotografía en blanco y negro de una milanesa a caballo. Sin duda, llevar famosos a los documentales incrementa el interés del público y el rating de los programas. Una experiencia parecida fueron los programas sobre la vida animal “In the wild” que filmó Anthony Hopkins con los leones, y a Julia Roberts con los orangutanes en Borneo (imperdible, cuando un oranguntán, casi la acogota: seguro al pobre bicho le habían pasado Pretty Woman antes.) Quedan ahora PRODUCIR documentales más al alcance de la vida cotidiana del espectador: en breve tal vez lleven a los Rolling al dentista por un implante dental más o a Marilyn Mason a la cosmetóloga.