Conocí a Truman Capote a mis veintidós años. Por ese entonces yo trabajaba en una zapatería y garrapateaba horribles cuentos los sábados por la tarde, que tenía libres. Me imaginaba que la literatura era algo que les pasaba a las demás personas, como ser rubia natural o millonaria. Como consuelo leía cuanto caía en mis manos, pero todo cambió el día que llegó a mí Plegarias Atendidas, la novela póstuma de Capote. Contaba acá la historia de P.B. Jones, un narrador homosexual, escritor, divertido, decepcionado. No pude quitar mis ojos de esta historia y ese mismo día, cuando cerré el libro, decidí hacerme escritora. Plegarias Atendidas había sido escrito más o menos a la par de Música para Camaleones, un libro de reportajes y retratos.
Ya el prólogo es una lección de vida para los incautos. A ver, escribir no tiene nada que ver con pasársela de fiesta en fiesta con bebidas burbujeantes en la mano, sorbiéndolas de una pajita. “Un día empecé a escribir”, cuenta, “sin saber que me había encadenado a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación.” Capote cuenta la técnica con que enfrentó las crónicas en M.P.C: en el periodismo, el objeto de estudio se trata linealmente. Y en la narrativa, verticalmente, en profundidad. Esto quiere decir más o menos lo siguiente: un periodista no tiene por qué ponerse en la piel de su entrevistado. Un buen escritor –Maupassant dixit- debe ponerse en la piel de sus personajes. Capote se propone –y esta es la innovación- meterse en la piel de sus objetos periodísticos. ¿Qué hace falta para esto? La convicción de que todos somos más o menos iguales y que cometemos errores –siempre por amor, dice él- y la convicción de que la literatura es más sagrada que tu madre y que la religión juntas.
Mirando hacia atrás, creo que lo que me sedujo de Capote y de estos libros en particular, fue el desborde. A primera vista, Capote parece un escritor frívolo, que entrevista estrellas como Marilyn Monroe o Marlon Brando, sin embargo tiene la rigurosidad de un cirujano. Investigaba sus propios métodos de trabajo, los cuestionaba. El escribía con todo su cuerpo, no escatimaba nada. Era un lector desaforado, leía –según su propia declaración- cinco libros por semana y todos los diarios todos los días. Lo anotaba todo, conversaciones, imágenes. Era un tipo que había comenzado a escribir a los diez años y nunca paró de hacerlo. Sus orígenes eran muy humildes y cada logro tuvo que haberle costado un gran esfuerzo. Una persona no se vuelve un escritor o un artista, sino tiene una voluntad de acero. Pero después está lo otro, también, y a Capote no se le escapaba: el talento. Esta palabreja bíblica nos corta a todos la respiración. ¿Qué es, es como una mancha de nacimiento, se nace con el talento o se es un tarado la vida entera abriendo y cerrando documentos de word igual que abanicos un día de calor? ¿Acaso puede cultivarse como a la más prohibida de las plantas opiáceas? Capote responde: “Al principio, escribir fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y, después de aquello, cayó el látigo!” Demás está decir que me convertí en una fanática de los libros y las enseñanzas de Capote, que lo hice mi mentor. ¡Tanto así que hasta cuando me casé, me llevé A sangre fría para leer en el viaje de luna de miel! Cada vez que vuelvo a leer a Capote, tengo la sensación de estar visitando a un familiar muy querido. En alguna parte, él escribió: “Tengo la teoría de que si deseas algo con suficiente ardor, lo consigues, sea lo que sea. Pero hay que desearlo de verdad y concentrarse en ello las veinticuatro horas del día. Si lo haces, lo consigues”. Yo, dejé mi puesto de vendedora en la zapatería y me hice escritora. Y de él, de Truman Capote, ¿qué más decir?: fue el hombre que cambió mi vida.
Pblicado en el Diario Clarín en el Mes de enero de 2010
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Genial entrada, no solo por hablar sobre Capote y sus métodos y consejos sino por el paralelismo con la vida de quien escribe (¿sos vos Patricia?)
ResponderSuprimirTengo casi todos los libros de Capote y es también uno de mis escritores predilectos (Kafka y Murakami los otros), no obstante a Sangre Fría me resultó un tanto denso al principio, como si me cayera en una arena movediza mientras describía el paisaje y la vida de la familia en aquel pequeño pueblo.
En fin, un lujo como siempre leerte, y hoy no podía dejar de comentar.