lunes, 10 de mayo de 2010

La clase de gente que venera a Chejov. La irlandesa Claire Keegan

Hay dos tipos de cuentistas: aquellos en donde el cuento es la excusa para un ejercicio mental y aquellos que buscan emocionar al lector y plantear preguntas existenciales. El gran maestro de este último tipo de cuentos fue Antón Chéjov. Estuvo precedido, varias décadas atrás, por el francés Guy de Maupassant, que cultivó el género en su totalidad (desde la estampa hasta la novela de situaciones). No obstante, la maestría de Chéjov en materia de sentimientos fue inigualable y revolucionó la literatura. Hoy día se reconocen entre sus herederos Raymond Carver –convicto y confeso de su admiración con el cuento “Tres rosas amarillas”-, Richard Ford y Tobias Wolff, entre otros. Prácticamente se considera a Chéjov el santo patrono de los cuentistas y no en vano los escritores le rinden culto antologándolo cada vez que les es posible. Claire Keegan (Irlanda, 1968) no es de las que se quedan atrás. Gracias al emprendimiento de la editorial independiente Eterna Cadencia y a la fundación para la traducción de autores irlandeses, Ireland Literature Exchange, los lectores de habla hispana conocemos al fin a esta autora. La traducción de Jorge Fondebrider le hace los honores a la cuentista, que podría pelear codo a codo con la neozelandesa Katherine Mansfield en su devoción por Chejov.
El libro que acaba de salir, Antártida, es en realidad el primer libro de cuentos de Claire Keegan, publicado en su idioma original en 1999. Antes de él, Eterna Cadencia publicó Recorre los campos azules, otro libro de cuentos, publicado por la autora en 2008, casi simultáneamente en español y en inglés. A pesar de que entre ambos libros media una década de distancia, la pericia de Keegan es magistral. Los cuentos narran historias de la campiña irlandesa, un sector agrario de un primer mundo no demasiado lejos de nuestra Argentina y donde los grupos humildes –trabajadores y proletarios, escritores en ciernes – recuerdan el universo evocado por los hermanos Frank (Las cenizas de Ángela, El profesor) y Malachy Mc Court. Aunque en ocasiones Antártida es el embrión de lo que se desarrollará con esplendidez en Recorre los campos azules, los temas tienen idéntico poder pertubador. En el cuento que da título al libro, una mujer decide experimentar la infidelidad como una materia pendiente de su existencia, con resultados fatídicos para ella y los suyos; una joven se enamora hasta la locura de un doctor casado; otra mujer decide tener una aventura con un desconocido; una muchacha recuerda cómo enloqueció su madre; dos hermanas reflexionan cómo escaparon por un pelo de las manos de un asesino. El enorme mérito de Keegan es que ningún lector puede salir ileso de sus cuentos; la belleza de los mismos hace que se quiera ir por el libro leyendo cuento tras cuento, cosa que por cierto es imposible. Es un material perturbador que impide pasar las hojas como si nada, y hace al lector reflexionar sobre aquello que acaba de leer. Así como quien lee “La dama del perrito” de Chéjov, al acabar el cuento se pregunta no sólo si los amantes podrán seguir estando juntos o no, sino si sobre la ética de un amor extramatrimonial, lo mismo sucede con el cuento “Antártida”. ¿Tiene un precio demasiado alto un amor a la ligera, qué tan mal puede salir? La pregunta del lector por la moral de los personajes del cuento, obedece a un recurso diestramente usado por los grandes cuentistas. Cuando el escritor evita juzgar a sus personajes y moralizar sobre ellos, no le quedará al lector más remedio que tener que preguntarse él sobre el bien y el mal de las acciones de los personajes. Claire Keegan lleva con brillantez este recurso a los extremos. The Independent opinó sobre el libro: “la prosa de Keegan estalla con la oscuridad y el fuego con que los escritores irlandeses parecen bendecidos”. Nada más exacto: en Keegan se reúnen el Joyce de Dublineses y hasta la campiña de Synge, la melancolía de Yeats y el retruécano mental de G B Shaw. Para quienes adoran los cuentos y reverencian a Chéjov, la irlandesa Claire Keegan se convertirá en un imperdible y llegará a pedir por las noches a un ángel de la guarda o a quien sea, que Eterna Cadencia, editorial que tiene los derechos sobre la obra de la autora, la siga vertiendo y publicando al español.

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