jueves 24 de junio de 2010

Revival del Cuento

Durante dos décadas aproximadamente, la hija mimada de las editoriales argentinas fue la novela. En apariencia, los lectores prefieren leer novelas a leer libros de cuentos y por eso el mercado se inclinó por los gustos del lector a la hora de editar. Esta inclinación en un país con una profunda tradición cuentística –Borges, Bioy Casares, Horacio Quiroga, Silvina Ocampo, Cortázar, Di Benedetto y Moyano, entre otros muchos- es sin duda una mala elección. Por su parte, la editora de Alfaguara en Argentina, Julia Saltzmann, opina que aunque suele decirse que los editores no quieren tener nada que ver con el cuento, esto es sólo un mito. Explica: “En el catálogo de Alfaguara, tanto internacional como argentino, hay, hubo y habrá muchos libros de cuentos. Nunca faltan en nuestros planes editoriales y además tenemos una colección específica dedicada a la narrativa breve que ahora estamos remozando con un nuevo diseño, nuevos títulos y ediciones revisadas. En nuestro fondo editorial hay muchos libros de cuentos que son verdaderos long-sellers, como los Cuentos completos de Abelardo Castillo y qué decir de Bestiario, Final del juego y tantos otros de Cortázar.”


Leonora Djament de Eterna Cadencia, coincide con los criterios de Saltzmann: “En el caso de nuestra editorial, por ejemplo, no es una decisión deliberada el publicar cuentos: hemos publicado más cuento que novela porque hemos recibido mejores cuentos que novelas y no tenemos ningún prejuicio sobre el género. Por otro lado, sí creo que la novela sigue teniendo preferencia entre los lectores. Pero en todo caso: cuando hay buena literatura, no importa de qué género se trata.“

A pesar de que la novela atravesó las de la novela histórica, la novela mística y hasta la novela de autoayuda sin perder no perdió ni un punto de ranking como género literario. Los argumentos que explican esta preferencia son arbitrarios: a los lectores les gusta sentirse acompañados por más tiempo –una novela puede demorar en leerse de dos horas a un año entero-, mientras que un cuento se finiquita en un rato. La novela dá la sensación de entrar en un mundo nuevo, desconocido, mientras que el cuento lo sumerge a uno en un universo cerrado y lo saca de ahí a los pocos minutos de las pestañas.

A su vez, aumentó la extensión de las novelas –hay muchas más novelas de quinientas páginas ahora que hace treinta años- y hay sagas de moda como las de Millenium que atentan con ser interminables: no se puede estar nunca seguro de que un escritor fallecido, sobre todo si fue exitoso, no deje viuda y herederos dispuestos a encontrar manuscritos hasta donde no los hay. El motivo por el cual las novelas son más largas van desde el argumento sublime que dice que los lectores quieren embriagarse más con el género, al archimaterialista que esgrime que las editoriales ganan un extra editando un libro grande porque pueden marcarlo con un precio más alto.

Por su parte, los adeptos al cuento lo defienden como género, alegando que el lector de los mismos debe ser mucho más inteligente que el de novela, ya que debe completar un recorrido lector en poco tiempo y casi no tiene margen de tiempo para procesar la información. Por cierto, un escritor sabe cuán complejo resulta hacer un cuento respecto de la novela y cuán exigente es el lector de los mismos: en un cuento debe estar justificada cada palabra; en la novela hay espacio hasta para derrapar. Consultada Glenda Vieites, editora de Random House Mondadori, opinó: “Quizás el cuento se ve como un género menor porque los escritores suelen comenzar escribiendo cuentos y luego pasan a la novela, como si fuera un género superior. Pero creo que estamos en presencia de una idea falsa, dado que el año pasado se han agotado también los libros de cuentos de Dylan Thomas, Dorothy Parker, Truman Capote, Flannery O Coonor, Ernest Hemingway y Katherine Ann Porter, entre otros.”

Precisamente, en los últimos meses varias colecciones de cuentos salieron a hacer punta y rebasar las estanterías de las librerías. Los Cuentos Completos de Onetti y los de Rodolfo Fogwill, entre los autóctonos; los completos de Nabokov en Alfaguara, una reedición de Seix Barral de los cuentos de Faulkner, los últimos cuentos de Arthur Miller reunidos por Tusquets en Presencia; los elegidos e inéditos de Tobias Wolff en Aquí empieza nuestra historia. Otros son el segundo libro de Claire Keegan Antártida por la editorial independiente Eterna Cadencia; en Planeta Niños Hippies el segundo libro de Maxine Swann, escritora norteamericana que vive parte del año en Buenos Aires y en RBA los volúmenes de cuentos Escapada y El progreso del amor de Alice Munro, una escritora canadiense que cultiva el género casi con exclusividad y hasta transgrede sus normas con una pericia escalofriante. Siendo, además, el 2010 el 150 aniversario del nacimiento de Antón Chejov –santo patrono de los cuentistas-, no tardaremos en ver nuevas reediciones de sus cuentos.

Los géneros literarios, como los cocktails, deben ser degustados por el usuario. Tal vez, hace un siglo la diferencia entre novela y cuento era más tajante y definida que en la actualidad. Muchas veces, la necesidad de la precisión técnica pesó sobre a la libertad estética. Hoy es posible deleitarse con un abanico de cuentistas muy diferentes, que mostrarán el mundo desde su punto de vista personal, una mirada que muchas veces coincidirá con la del lector y hará la realidad por un rato, por lo menos, un poco más llevadera.

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