Marge Simpson se queja de la falta de sexo. Esto ocurrió en 1994, en la sexta temporada de la era Simpson. ¿Qué se le ocurre primero a Marge para salvar la pareja? Comprar un libro que dé consejos para incrementar el erotismo. Consigue un audiolibro que se llama algo como “El matrimonio americano” que les recomienda, por ejemplo, visitar posadas campestres. Aunque no funciona, el matrimonio lo salva el abuelo con su tónico afrodisíaco. Sin embargo, la Marge argentina no cree que pueda resolver el asuntillo con tanta facilidad. Para empezar, hace poco más de cincuenta años que tiene el voto y recién ahora comenzó a concientizar que el acoso sexual no es una galantería del jefe un día que estaba un poquito alegre, sino un delito. Y encima, a ella, que apenas puede consigo misma, le cambiaron la consigna: ya no se trata de incrementar el deseo en la pareja, sino reivindicar su derecho al placer sexual. Ya no se trata de leer antiguas memorias picantes de princesas rusas y cantantes vienesas para ver qué otro truquito se puede aprender en el desempeño amoroso, ni clavarse las 500 páginas autobiográficas de Jenna Jameson en Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno, donde por lo que cuenta, muy bien no lo pasaba. Ni abismarse en la lectura de Las aventuras íntimas de Belle de Jour, Diario de una call girl londinense, publicado en el 2006, y que cuenta sus peripecias en el oficio (que van desde si una debe o no llamar por celular al cliente desde el lobby del hotel a qué óvulos usar contra la vaginitis) con un aire naif que se parece más bien al de una quinceañera cantando desafinada Dancing Queen, como si fuera el último éxito de ABBA, que a una trabajadora sexual.
Tal vez una figura señera en renovar la materia durante el último lustro, sea la sexóloga Alessandra Rampolla. Fuera desde sus consejos en Cosmopolitan TV o en alguno de sus dos libros (SEXO… ¿y ahora qué hago?, La diosa erótica publicados en 2006 y 2008 respectivamente), Rampolla apoyó una nueva actitud de las mujeres: tomar el toro del disfrute sexual por los cuernos. En otras palabras, adueñarse del propio cuerpo y sacarlo de los cánones patriarcales que rigen desde milenios. A la Marge argentina este pensamiento le cuesta. La sexóloga considera ‘ricas’ muchas prácticas que para la abuelita siracusana de Marge eran un imposible más extraño que ver al hombre pisar la luna. Pero tampoco es que la abuelita fuera una negada, sino que la falta de información sirvió a los fines de mantener a las mujeres en un estado de idiotez y disponibilidad sexual simultáneo.
En el último tiempo, dos nuevos libros vinieron a subrayar esta actitud nueva de las mujeres. La Marge argentina lee estos libros como un personaje de un cuento de Lorrie Moore, donde una babysitter espía la biblioteca de la familia y concluye: “Lees todos los manuales sobre sexo que encuentras en la casa, y te preguntas cómo alguien de este planeta pudo haber hecho esas cosas con una persona a la que realmente amaba”.
En Sexo a diario de Amanda Jot, seudónimo de una periodista argentina, describe nuevas modalidades de encuentros sexuales. Antes Marge hacía un curso de gimnasia modeladora. Ahora puede tomar un curso de baile en el caño que es muy bueno para la elasticidad. Antes, ella se hallaba con la dificultad de nombrar ciertas prácticas por la brutalidad de las palabras. Solución: el breve glosario de Jot donde puede mencionar delicias del lenguaje como cougar (señoras de las cuatro décadas o más que mantienen relaciones sexuales con un hombres muy jóvenes) o blow job (ajetreo sexual que aparece con una denominación un poco más fuerte en las páginas de clasificados). Hallar modos de nombrar no es una tontería: Marge siente escalofríos cuando recuerda cómo hablan los tacheros en la fonda o cómo hablaba la abuelita del comercio sexual, con esa mezcla de repugnancia e insatisfacción (que era lo más normal que podía producir el sexo en un ser humano al que se había reprimido todo tipo de expresión sexual desde sus orígenes). ¿Antes la Marge argentina solía creer que la masturbación femenina era poco menos que criminal? Muy bien: ahora puede acudir a reuniones de tuppersex, donde le venderán los más diversos adminículos para que ejerza lo que solía llamarse el vicio solitario, a su aire. Estas reuniones son exclusivamente de mujeres y toman su nombre de las antiguas reuniones de Tupperware, en la que se vendían los recipientes herméticos para guardar comida. Se terminó, piensa Marge, eso de juntarnos para comprar ollas, bols de ensalada, cosméticos y hablar de cómo complacer a un hombre. La cuestión ya no está en cómo volver loco a tu hombre en la cama, sino cómo no volverte loca por pura insatisfacción sexual. Aunque, como dice Amanda Jot, la mayoría de las personas tengan sexo vainilla, caricias y ternuras, un poco de pasión y nada de aquello del hardcore con que se ratonean los hombres en el porno.
A propósito de la cuestión, la Marge argentina lee Porno para mujeres, una guía femenina del cine porno. Para ella, el porno era cosa de hombres. Y para su sorpresa no se encuentra sólo con un libro de excelente factura, sino con un libro inteligente escrito por Erika Lust, una sueca treinteañera que desde el 2004 produce películas porno, y se explaya en estas páginas sobre los mitos y prejuicios que mueven nuestra cultura. La Marge argentina jamás vio una película porno de principio a fin, ni siquiera una sola escena. A lo cual, la autora del libro responde: “ese rechazo no es objetivo, es fruto de una tradición”. A las mujeres se les enseñó que no somos tan visuales como los hombres, lo cual es otro clisé más; Lust escribe: “Es un mito FALSO. Hablando con los directivos de Hustler en Los Ángeles, hace un tiempo, me confesaron que el 50% de las ventas que hacen en su megatienda es para público femenino” y concluye: “queremos ver sexo explícito, pero queremos decir cómo está hecho”. Lust defiende a ultranza hacer cine pornográfico feminista, concepto que hace a nuestra Marge argentina caerse de espaldas. ¿Qué es eso? ¿De qué se trata? Erika Lust explica que las minorías homosexuales tienen su cine porno, mientras se supone que las mujeres heterosexuales están representadas en el cine heterosexual masculino. Un cine en el cual, por citar los ejemplos menos subido de tono, las mujeres se van a la cama con zapatos de diez centímetros de taco y donde todas gritan como locas en el acto sexual. De aquí que Erika Lust escribe: “Si las mujeres no participamos en el discurso de la pornografía como creadoras, el porno sólo va a expresar lo que piensan los hombres sobre el sexo. Debemos participar para explicar cómo somos, cómo es nuestra sexualidad y cómo vivimos la experiencia del sexo.” En un cine porno feminista, declara Lust y alza su pancarta, “queremos que el cine nos muestre mujeres reales y nos hable de su sexualidad, y no queremos que nos retraten como objetos pasivos o víctimas, sino como sujetos activos, dando placer y recibiéndolo. Queremos ver a otras mujeres disfrutando”. Mirarse una película porno con el juguete erótico preferido al lado, no era una actividad imaginable para la abuelita siracusana, pero tal vez esta revolución llegue a serla para la Marge argentina. O como cantaba la legendaria Raffaella Carrá en un remixado: “Para hacer bien el amor hay que venir al sur./ Lo importante es que lo hagas con quien quieras tú”. ¿Y por qué no?

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