domingo, 30 de enero de 2011

El crimen de la pulpería.


1.
Algunos dicen que la palabra viene de pulque y otros de pulpo. También a pulpo les dan un montón de significados: que las primeras pulperías fueron atendidas por gallegos que vendían pulpo cocido, que allí se comía pulpa de maíz, que quien despachaba debía moverse como un pulpo para poder atender a todos los paisanos. Las primeras pulperías datan del siglo XVII y Garcilaso de la Vega las define como los más pobres almacenes. Son las casas de abasto y recreación: los alimentos indispensables: sal, cebollas, bolsas de legumbres;  y los vicios: cajones de tabaco, yerba, botellas de aguardiente, de caña paraguaya -a los paisanos no les gustaba el vino-. Oficiaban de club social: se jugaba a las tabas, había riñas de gallo a primera sangre, los naipes, y siempre algún gaucho se armaba con la guitarra y cantaba o payaba a cuenta de los otros. Según Emeric Essex Vidal, marino inglés y pintor aficionado: “Estos músicos nunca cantan más que yaravís, canciones peruanas que son las más monótonas y tristes del mundo. La música es lamentosa y la letra versa siempre sobre el amor frustrado y los amantes que lloran sus penas en el desierto: pero nunca tratan de asuntos agradables, animados o aun indiferentes.” El folklore patrio es triste. Andando la noche, el gaucho sacaba el facón –que según los cronistas, es lo que siempre lleva más a mano- o el cuchillo y peleaban casi por cualquier cosa, o por las cosas que desde que el mundo es mundo, los hombres disputan: por política o por una china.
A lo largo de la historia, las pulperías fueron legisladas: no podían expender alcohol a indios y negros, o bien, no se podía entrar armado al despacho de bebidas. Eran chozas bajas, con algunas mesas, y el mostrador estaba enrejado, protegiendo al pulpero de los posibles manotones de los habitúes para robarle. En unos agujeros del techo, el pulpero colocaba la escopeta, que dicen tenía para defenderse de los indios. Casas de abasto, fonda, posta de caballos, posada algunas veces, y moridero de algún unitario a quien emboscaban.
El despensero era, según los cronistas, socarrón y  trapacero, como el Sardetti que enreda a Juan Moreira. Pero también los había de ley, y hasta mujeres, como la bella pulpera de Santa Lucía –nombre real: Ramona Bustos, de Barracas-, la de los ojos celestes que se fue con un payador de Lavalle y plantó a los gauchos mazorqueros sin decir ni hasta la vista. Mucho de la historia argentina y por ende, de la literatura, pasa por las pulperías. El bandido Bairoletto dejó su huella en la Pulpería de Chacharramendi, en La Pampa; Don Segundo Sombra en La Blanqueada de San Antonio de Areco; en El Pasatiempo, del barrio de Caballito, payaron Gabino Ezeiza y Bettinoti, y en El Torito, de Baradero, Camila O’Gorman y su cura hicieron posta cuando los llevaban a Santos Lugares, en 1848, donde serían fusilados, por sacrílegos y por el crimen de amarse. En suma, las pulperías están tintas en sangre. Pero de todo esto hace mucho, mucho tiempo…

2.
Ahora se venden allí las delicatessen patrias. Época de Quesos, en Tandil, era en 1850 la Posta del Centro, en el Fuerte Independencia. Las carretas se abastecían del largo viaje. Un largo mostrador –ya sin reja enjazminada detrás- ofrece todo tipo de quesos y fiambres y la cerveza propia del lugar, la Quarryman, con cierto sabor a ceniza. La empleada, con una eficiente frialdad (si hubiera atendido sido así la pulpera de Santa Lucía, no le habrían dedicado, ni un mísero pareado) ofrece a la que suscribe esta crónica, comprar uno de sus manjares y aclara que puede pagar con tarjeta de crédito. (La que suscribe recuerda su sorpresa cuando en la Abadía Benedictina de Victoria, los monjes supuestamente enclaustrados, pero hacendosos para la gastronomía, ofrecían sus productos a pagar con American Express). Fabrican además licores caseros de sabor variado, y el dulce de leche Teresa Inza, nombre de la dueña actual de la pulpería. Hay gente hablando en otro idioma allí dentro y no es el ranquel ni mucho menos: es inglés, alemán, francés. “Aquí hay mucho turismo”, explica la émula de la célebre pulpera de Barracas. Las pulperías fascinan a los extranjeros como los mojones de historia americana que son. Uno de ellos, Pietro Sorba, periodista gastrónomico italiano, acaba de publicar su libro Pulperías de Buenos Aires, donde hace un sibarita racconto de los establecimientos más destacados.  
Época de quesos, tiene un sótano que hacía las veces de despensa: cuelgan a secarse los chorizos verdaderos y un jamón de cartón. Quién sabe por qué, alguien amontonó en un cochecito muñecas viejas y rotas, mirando la pulpería con sus ojos tuertos de almas en desgracia. Hay telarañas, hay el olor a rancio de la carne, hay penumbra: el queso, como el Hombre de la Máscara de Hierro, necesita de la soledad de la sombra para desarrollarse. En el patio de tierra, las plantas crecen como insultos. El paisano puede sentarse en una de las mesas y abrevar allí su sed; pero ese día llueve torrencialmente, a pesar de que, dicen todos, antes no llovía así en Tandil. Si hubiera indios estarían guarecidos en sus tolderías, pero tampoco hay indios, ni tolderías, ni toldado en la pulpería y por ende, la que suscribe compra un frasco de chutney, un combinado de especias de la India, y se marcha. No recuerda haber saludado, cuando sale del local y más tarde, se maldice por esto: hace un siglo, este olvido le hubiera costado la vida. Charles Darwin, que visitó una pulpería en Uruguay cuando hizo el viaje al Beagle, dice que así como los gauchos son en extremo corteses y con un gracioso saludo te invitan a que los acompañes con un trago, también se hallan dispuestos a acuchillarte apenas se le presente la ocasión.

3.
La señorita de alta cuna que el 12 de diciembre de 1847 se fugó con un curita de la Iglesia del Socorro, se llamaba Camila O’Gorman. Lectora de novelas, probablemente tenía el mal de la fantasía literaria: a su pesar, se convirtió en la Julieta argentina. Tenía 20 años, y era alta, uno de sus dientes delanteros estaba empezando a picarse, y sus ojos eran oscuros “de agradable mirar”, según la ficha policial; cuando fue fusilada llevaba un embarazo de ocho meses. Su amante era Ladislao Gutiérrez, tucumano, de 24 años. En el clima de violencia y terror del rosismo, los amantes partieron de Buenos Aires rumbo a lo desconocido. Se afincaron en Goya, Corrientes, donde –por paradójico que suene- fundaron la primera escuela del lugar. Dice Enrique Molina en su magnífica novela sobre Camila: “el amor engendra gestos de amor”. Fueron delatados por otro sacerdote, puestos a consideración de la justicia y remitidos a Buenos Aires. El padre Gutiérrez viajó con los pies engrillados “por haberse robado una mujer”. Hicieron postas en Rosario y después en San Nicolás, donde les tomaron declaración. Camila manifestó que consideraba sagrada su unión con su amante, “estando uno y otro satisfechos a los ojos de la providencia” y teniendo su conciencia tranquila. De allí debían ser remitidos a Buenos Aires, adonde nunca llegaron y adonde su destino hubiera sido otro. Sin embargo, hubo una contraorden nunca del todo explicada y fueron enviados a Santos Lugares. Los reos llegan el 14 o el 15 de agosto –la fecha es incierta- y el 17, Rosas decreta el fusilamiento, hecho del que nunca se arrepintió. En una tiranía no puede permítirsele a las cosas convertirse en personas, y las cosas no deben amar.  
Pero en un momento, entre la salida de San Nicolás y la llegada a Santos Lugares, Camila O’Gorman y el padre Gutiérrez, prisioneros, se detuvieron a hacer posta en una pulpería, en Baradero. Enrique Molina escribe que los porteadores lloraban por tal encargo, como más tarde lloraría el centinela que cuidaba la celda de Camila, o como lo haría el soldado de la segunda fila, que arrojó su fusil y huyó a toda carrera de la formación, antes que disparar sobre ella –después se dijo que se había vuelto loco, lo que a la vista de tales circunstancias fue, en realidad, volverse cuerdo.
Hasta el final, Camila fue bien tratada en consideración a su cuna, incluso cuando se la engrilló para ir al cadalso, se forraron los hierros con tiernos orillos. Probablemente haya descendido de la volanta, le hayan dado bebida y de comer, carne seca, y quizá algún queso o una galleta marina… Quizá, algún gaucho, que la hubiera visto en esta pulpería junto a su amor, su último traslado, improvisó los versos que llegaron hasta nuestros días como un cantar anónimo: “Pobrecita… hacete cargo/ Qué angustias no pasaría/ En tan larga travesía/ Y en un trance tan amargo/ Viendo que la conducían/ Enteramente preñada/ Y que iba a ser despreciada/ De los que la conocían…”  Pietro Sorba reflexiona sobre el caso: “El otro día mientras estaba llegando a la pulpería El Torito, ubicada a un puñado de kilómetros de Baradero pensaba en el esfuerzo de su dueño actual, el señor René Arditi Rocha, para mantenerla en perfecto estado. Me preguntaba qué sentido tiene hacerlo. Es una pregunta superficial. Los motivos abundan. Desde su nacimiento en el año 1880, en El Torito pasaron muchas cosas. Seguramente muchos de los próceres de nuestra historia pasaron y pararon en este lugar. Imposible que así no fuera ya que El Torito se encuentra en la vera del Camino Real. Y pensando en esos tiempos no puedo no recordar la historia de Camila O´Gorman y del cura Ladislao Gutierrez que durante su huida hacia la posibilidad de vivir en libertad su amor prohibido, hicieron una parada dentro de las paredes de esta pulpería. Casi escucho los latidos de sus corazones que entremezclan el miedo y la pasión. Me los imagino atando sus caballos al palenque y pidiendo refugio al pulpero de la época. Me los imagino comiendo  algo. Me los imagino uno al lado del otro debajo del techo de este boliche. Me los imagino sonrientes soñando la libertad.”

4
En las épocas en que amar es un delito, suelen suceder crímenes innobles. Las pulperías, son grandes testigos. El eros, el pegamento universal, lo trastorna todo y la sociedad rara vez tolera las perturbaciones al orden. Para la cronista, el primer contacto con la historia de Camila O’Gorman y las pulperías, fue a los catorce años, con la película de María Luisa Bemberg. Había ido al cine con su tía, una cuarentona que había sobrevivido a un divorcio devastador y se consideraba a sí misma más que una mujer fatal, una mujer que había sufrido la fatalidad y que nunca pasó por una pulpería ni un menester gauchesco.“Una pasión cambia tu vida para siempre”, dijo en aquella ocasión, y agregó: “y desde que el mundo es mundo, los hombres se calientan y se enamoran, y las mujeres se calientan y se enamoran y les abren las piernas”. Camila O Gorman y el padre Gutiérrez, en el celuloide, hacían el amor arriba de una mesa grande, basta, como la de la pulpería tandilense. La cronista concluye: a veces, para estar vivo, hay que trastornar las leyes: hay que hacer el amor arriba de las mesas. Y la cronista escucho por ahí, que las de las pulperías son las mejores.  


Publicado en la Revista Ñ, diario Clarín. Ene '11.

MUJERES A CALZON QUITADO


Marge Simpson se queja de la falta de sexo. Esto ocurrió en 1994, en la sexta temporada de la era Simpson. ¿Qué se le ocurre primero a Marge para salvar la pareja? Comprar un libro que dé consejos para incrementar el erotismo. Consigue un audiolibro que se llama algo como “El matrimonio americano” que les recomienda, por ejemplo, visitar posadas campestres. Aunque no funciona, el matrimonio lo salva el abuelo con su tónico afrodisíaco. Sin embargo, la Marge argentina no cree que pueda resolver el asuntillo con tanta facilidad. Para empezar, hace poco más de cincuenta años que tiene el voto y recién ahora comenzó a concientizar que el acoso sexual no es una galantería del jefe un día que estaba un poquito alegre, sino un delito. Y encima, a ella, que apenas puede consigo misma, le cambiaron la consigna: ya no se trata de incrementar el deseo en la pareja, sino reivindicar su derecho al placer sexual. Ya no se trata de leer antiguas memorias picantes de princesas rusas y cantantes vienesas para ver qué otro truquito se puede aprender en el desempeño amoroso, ni clavarse las 500 páginas autobiográficas de Jenna Jameson en Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno, donde por lo que cuenta, muy bien no lo pasaba. Ni abismarse en la lectura de Las aventuras íntimas de Belle de Jour, Diario de una call girl londinense, publicado en el 2006, y que cuenta sus peripecias en el oficio (que van desde si una debe o no llamar por celular al cliente desde el lobby del hotel a qué óvulos usar contra la vaginitis) con un aire naif que se parece más bien al de una quinceañera cantando desafinada Dancing Queen, como si fuera el último éxito de ABBA, que a una trabajadora sexual. 
Tal vez una figura señera en renovar la materia durante el último lustro, sea la sexóloga Alessandra Rampolla. Fuera desde sus consejos en Cosmopolitan TV o en alguno de sus dos libros (SEXO… ¿y ahora qué hago?, La diosa erótica publicados en 2006 y 2008 respectivamente), Rampolla apoyó una nueva actitud de las mujeres: tomar el toro del disfrute sexual por los cuernos. En otras palabras, adueñarse del propio cuerpo y sacarlo de los cánones patriarcales que rigen desde milenios. A la Marge argentina este pensamiento le cuesta. La sexóloga considera ‘ricas’ muchas prácticas que para la abuelita siracusana de Marge eran un imposible más extraño que ver al hombre pisar la luna. Pero tampoco es que la abuelita fuera una negada, sino que la falta de información sirvió a los fines de mantener a las mujeres en un estado de idiotez y disponibilidad sexual simultáneo.   
En el último tiempo, dos nuevos libros vinieron a subrayar esta actitud nueva de las mujeres. La Marge argentina lee estos libros como un personaje de un cuento de Lorrie Moore, donde una babysitter espía la biblioteca de la familia y concluye: “Lees todos los manuales sobre sexo que encuentras en la casa, y te preguntas cómo alguien de este planeta pudo haber hecho esas cosas con una persona a la que realmente amaba”.  
En Sexo a diario de Amanda Jot, seudónimo de una periodista argentina, describe nuevas modalidades de encuentros sexuales. Antes Marge hacía un curso de gimnasia modeladora. Ahora puede tomar un curso de baile en el caño que es muy bueno para la elasticidad. Antes, ella se hallaba con la dificultad de nombrar ciertas prácticas por la brutalidad de las palabras. Solución: el breve glosario de Jot donde puede mencionar delicias del lenguaje como cougar (señoras de las cuatro décadas o más que mantienen relaciones sexuales con un hombres muy jóvenes) o blow job (ajetreo sexual que aparece con una denominación un poco más fuerte en las páginas de clasificados). Hallar modos de nombrar no es una tontería: Marge siente escalofríos cuando recuerda cómo hablan los tacheros en la fonda o cómo hablaba la abuelita del comercio sexual, con esa mezcla de repugnancia e insatisfacción (que era lo más normal que podía producir el sexo en un ser humano al que se había reprimido todo tipo de expresión sexual desde sus orígenes). ¿Antes la Marge argentina solía creer que la masturbación femenina era poco menos que criminal? Muy bien: ahora puede acudir a reuniones de tuppersex, donde le venderán los más diversos adminículos para que ejerza lo que solía llamarse el vicio solitario, a su aire. Estas reuniones son exclusivamente de mujeres y toman su nombre de las antiguas reuniones de Tupperware, en la que se vendían los recipientes herméticos para guardar comida. Se terminó, piensa Marge, eso de juntarnos para comprar ollas, bols de ensalada, cosméticos y hablar de cómo complacer a un hombre. La cuestión ya no está en cómo volver loco a tu hombre en la cama, sino cómo no volverte loca por pura insatisfacción sexual. Aunque, como dice Amanda Jot, la mayoría de las personas tengan sexo vainilla, caricias y ternuras, un poco de pasión y nada de aquello del hardcore con que se ratonean los hombres en el porno.
A propósito de la cuestión, la Marge argentina lee Porno para mujeres, una guía femenina del cine porno. Para ella, el porno era cosa de hombres. Y para su sorpresa no se encuentra sólo con un libro de excelente factura, sino con un libro inteligente escrito por Erika Lust, una sueca treinteañera que desde el 2004 produce películas porno, y se explaya en estas páginas sobre los mitos y prejuicios que mueven nuestra cultura. La Marge argentina jamás vio una película porno de principio a fin, ni siquiera una sola escena. A lo cual, la autora del libro responde: “ese rechazo no es objetivo, es fruto de una tradición”. A las mujeres se les enseñó que no somos tan visuales como los hombres, lo cual es otro clisé más; Lust escribe: “Es un mito FALSO. Hablando con los directivos de Hustler en Los Ángeles, hace un tiempo, me confesaron que el 50% de las ventas que hacen en su megatienda es para público femenino” y concluye: “queremos ver sexo explícito, pero queremos decir cómo está hecho”. Lust defiende a ultranza hacer cine pornográfico feminista, concepto que hace a nuestra Marge argentina caerse de espaldas. ¿Qué es eso? ¿De qué se trata? Erika Lust explica que las minorías homosexuales tienen su cine porno, mientras se supone que las mujeres heterosexuales están representadas en el cine heterosexual masculino. Un cine en el cual, por citar los ejemplos menos subido de tono, las mujeres se van a la cama con zapatos de diez centímetros de taco y donde todas gritan como locas en el acto sexual. De aquí que Erika Lust escribe: “Si las mujeres no participamos en el discurso de la pornografía como creadoras, el porno sólo va a expresar lo que piensan los hombres sobre el sexo. Debemos participar para explicar cómo somos, cómo es nuestra sexualidad y cómo vivimos la experiencia del sexo.” En un cine porno feminista, declara Lust y alza su pancarta, “queremos que el cine nos muestre mujeres reales y nos hable de su sexualidad, y no queremos que nos retraten como objetos pasivos o víctimas, sino como sujetos activos, dando placer y recibiéndolo. Queremos ver a otras mujeres disfrutando”. Mirarse una película porno con el juguete erótico preferido al lado, no era una actividad imaginable para la abuelita siracusana, pero tal vez esta revolución llegue a serla para la Marge argentina. O como cantaba la legendaria Raffaella Carrá en un remixado: “Para hacer bien el amor hay que venir al sur./ Lo importante es que lo hagas con quien quieras tú”.  ¿Y por qué no?